Cuando era pequeña disfruté enormemente los relatos. Es una de las vivencias que más me gustaba y que aún recuerdo con una sensación cálida de mi niñez. Mi hermana y yo visitábamos con frecuencia a mi abuela Juana y, después de comer, ella, usualmente nos contaba algunos relatos y anécdotas de su juventud. Fue un verdadero gozo, sobre todo, cuando coincidimos con otras primas en casa de mi abuela. En muchas ocasiones se nos salían las lágrimas de reír tanto. Mi hermana y yo, somos de las nietas más pequeñas del lado de mi linaje materno.
Otro momento que disfrutábamos mucho (escribo en plural, pensando que mi hermana disfrutaba igual que yo, pero, creo que valdrá la pena preguntarle si estoy en lo cierto) fue la hora de ir a dormir, ya que, mi mamá regularmente nos contaba un cuento, en muchas de las ocasiones la historia nos gustaba tanto que le pedimos volviese a contarla una y otra vez, al siguiente día y por varias semanas más. Mientras escribo esto, vuelvo a sentir la calidez de aquellos días.
Ahora, con el tiempo que he estado estudiando pedagogía, estoy siendo más consciente de la importancia tanto del contar y leer cuentos, así como de relatar historias y anécdotas. Entre el verano y el otoño del 2020 tomé el taller «Los 7 pasos del aprendizaje» con Uta Stolz y Karla Olmedo. En una de las lecciones tocamos el tema de la importancia del relato, sobre todo en momentos tan difíciles como lo fue el año pasado, en donde la educación y la conexión entró en crisis profunda, vimos que, para el niño de temprana edad de los cero a siete años, las historias podrían lograr tocar al otro incluso, aun a la distancia y al mismo tiempo conectar con su propio mundo interior.
¿Por qué es tan importante? ¿Para qué le sirve al niño? Cada vez hay más estudios sobre este tema, pero en lo que a mí me concierne ha sido un medio para transmitirle a mi hija una enseñanza en momentos difíciles. Además, de ser un tiempo de fomentar la escucha, es un momento de conexión con nuestro cuidador sea nuestra madre, abuela, educadora, papá y, ya sabemos que la conexión fortalece el vínculo. También enriquece el vocabulario, además de fomentar el gusto por la lectura.
En muchos de los cuentos de hadas aparecen arquetipos universales, que nos ayudan a entender y a lidiar con emociones que yacen en nuestro interior, además de incentivar la imaginación y la memoria, podría llegar a ser una vivencia profunda del alma. Por eso que, contar un mismo cuento por varios días es una actividad que beneficia al niño en su desarrollo, esto le da la capacidad de profundizar, entender, memorizar y recordar la historia.
Claro está que, el cuento que escogemos depende de la edad del niño y de las necesidades propias de su edad, generalmente con los niños de primer septenio y sobre todo menores de tres años, se sugieren historias con desenlaces felices, historias cortas y simples, adecuadas para lo que estén viviendo y que fomenten la voluntad, ya que a esta edad el niño vive a profundidad las imágenes y se identifica con la misma historia.
Leí que para las edades de entre cuatro y seis años, «Las imágenes de los cuentos deben ser tan grandes en su sencillez, tan verídicas en su mensaje. Que sea una llamada a las regiones profundas del alma, regiones en las que tiene su origen la voluntad.»
Pienso que de los cuentos podemos aprender mucho del mundo y de la vida, y además es bueno saber qué pueden ayudarnos a transmitir a nuestros hijos. Y también, por qué no, aprender un poco más de nosotros mismos.
¿Qué sucede cuando escuchamos una historia?
Desde la antigüedad las distintas culturas de todos los tiempos, de todos los continentes, de todos los países, ciudades, tribus y comunidades sea que hayan estado en la cumbre de una montaña, o a la orilla de un río, han transmitido su sabiduría y conocimiento por medio de relatos y cuentos como lo hicieron, por mencionar algunas: la cultura hindú, persa, egipcio caldeo, griega, romana, anglo germana, la cultura mesoamericana, del camino rojo, de toda América hasta nuestros días y no ha sido casualidad si no que es un canal eficaz que funciona.

La palabra es un medio de comunicación atemporal que ha registrado mucho en el camino, pero ¿Qué sería si no hubiese un receptor? el narrador perdería su sentido. El narrador y el oyente tienen una estrecha relación. Gracias a la tradición oral hemos podido conocer historias que guardan verdades y preservan sabiduría. Enseñanzas de todos los tiempos. Gracias al relato muchos textos que ahora están escritos lograron trascender.
En casa nos encantan las historias de Hanuman y muchas de estas historias nos han dado valentía, también, muchos de los cuentos de hadas de distintas colecciones, como es la de los hermanos Grimm, algunos cuentos antroposóficos con referencias a las celebraciones del año. Y muchos más de autores actuales que al igual nos han dejado huella. Dentro de nuestra rutina en la lectura de vez en vez intercalamos un cuento, otras noches poesía, y/o la repetición de algún verso.
También, en otro momento les contare acerca de mi mamá, la abuela de mi María que disfruta de las artes de hablar y relatar anécdotas y, pues, de vez en cuando le preguntamos de su niñez y juventud, créanme, tiene mucho que contar, escucharla es una experiencia bellísima para nosotros.
Se me ocurre hacer una sección en donde les pueda compartir algunos cuentos con temática distinta.
Hoy les dejo un cuento que cuando se lo leí por primera vez a mi María, me conmovió muchísimo. Aprovechando que recién (el 23 de mayo) ha pasado la celebración de Pentecostés:
Cuento de Pentecostés
Érase una vez un rey que tenía trece hijos, un día los doce mayores partieron a buscar fortuna, pero el decimotercer hijo se quedó en casa. Era demasiado joven para acompañar a sus hermanos.
A lomo de doce hermosos caballos, los doce hermanos se fueron a cabalgar por el ancho mundo. Llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de rocas y cantos, piedras y guijarros. Allí vieron a una anciana que estaba sentada en el suelo, frotándose las rodillas. Pero los doce príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos por entre las piedras que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana. Siguieron cabalgando y llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de estanques y charcas, pantanos y ciénagas. Allí vieron a una anciana que estaba metida hasta la cintura dentro de un pantano. Pero los príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos por entre las aguas que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana.
De nuevo siguieron cabalgando, y llegaron a un país donde el viento y el aire soplaban y corrían de tal modo que tuvieron que sujetarse los sombreros y los trajes, y hasta tuvieron que retener a sus caballos para evitar que se volaran. Vieron a una mujer que venía precipitadamente, casi volando, con las faldas por encima de la cabeza y agarrada a un paraguas vuelto del revés. Parecía como si en cualquier momento la anciana fuera a desaparecer en el cielo. Pero los doce príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos a través del viento que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana.
Siguieron cabalgando llegaron por fin a un castillo. Las paredes se desmoronaban, las piedras tambaleaban, todo el castillo parecía estar sujeto por la hiedra que lo cubría por todas partes y que incluso trepaba por las ventanas. Los hermanos estaban sedientos después de tan largo viaje y fueron a sacar agua del pozo del patio. Pero el pozo estaba seco, y no pudieron sacar ni una gota para apagar la sed. Entraron en el castillo. Estaba muy oscuro a causa de la hiedra que cubría las ventanas, y además estaba húmedo y casi no se podía ni respirar. Intentaron abrir las ventanas, pero estaban roñosas y no se podía mover. El más mayor de todos rompió un cristal, pero la contraventana se cerró de golpe y la obscuridad se hizo aún mayor.
Los príncipes entraron en el salón de los banquetes. Había una larga mesa preparada con comida y bebida, decorada con flores blancas y doradas, y doce velas. Los platos y las copas eran de oro. El rey del Castillo estaba sentado en su trono presidiendo la mesa, y llevaba una corona de oro, pero estaba profundamente dormido. Los príncipes intentaron despertarlo, pero no pudieron. Todo estaba tan oscuro que casi no podían ver ni lo que hacían. Intentaron encender las velas, pero estas tan sólo chispearon un poco más y se apagaron. Entonces se sentaron a comer en la oscuridad, pero antes de que pudieran probar bocado empezaron a adormecerse poco a poco, y cada vez más, hasta que quedaron profundamente dormidos.
Ahora que los doce príncipes no podían volver a casa, el hermano más pequeño acudió a su padre, el rey, y le pidió permiso para ir a buscar a sus hermanos. Al principio el rey no quiso porque no quería separarse del único hijo que le quedaba, pero finalmente le dio permiso.
Llegó a un país que estaba cubierto por todas partes de rocas y cantos piedras y guijarros. Allí vio a una anciana que estaba sentada en el suelo frotándose las rodillas. El joven príncipe detuvo su caballo y preguntó: ¿ puedo ayudarla?
– ¡Ay!- Dijo la anciana- me he caído y me he hecho daño en las rodillas.
El príncipe desmontó de su caballo inmediatamente y Vendo las rodillas de la anciana. La subió al caballo y la llevó a su casa. Entonces la mujer le dio las gracias y dijo:
– Coge este puñado de arcilla. Con él podrás reparar cualquier piedra rota.
El príncipe guardó el bonito regalo cuidadosamente, dijo adiós a la mujer y prosiguió su camino.
Llegó entonces a un país que estaba cubierto por todas partes de estanques y charcas, pantanos y ciénagas. Allí vio a una anciana que estaba metida hasta la cintura en un pantano. El joven príncipe detuvo su caballo y preguntó:
– ¿Puedo ayudarla?
-¡Ay!- Dijo la anciana- me he hundido en esta charca y no puedo salir.
El príncipe desmontó de su caballo inmediatamente y fue chapoteando y saltando de un lado a otro hasta que llegó hasta donde estaba la anciana. La subió sobre sus hombros y cuando la hubo dejado sana y salva, la anciana le dio las gracias y le dijo:
– Toma esta pequeña botella de agua. Con ella podrás apagar mucha sed.
El príncipe guardó cuidadosamente la botella, dijo adiós a la anciana y prosiguió su camino.
Después de mucho viajar llegó a un país donde el viento y el aire soplaba y corrían de tal modo que tuvo que sujetarse el sombrero y el traje, y hasta tuvo que retener a su caballo para evitar que se volaran. Vio a una mujer que venía precipitadamente, casi volando, con las faldas por encima de la cabeza y agarrada a su paraguas vuelto del revés. El joven príncipe detuvo a su caballo y preguntó:
– ¿Puedo ayudarla?
– ¡Ay!- dijo la anciana- No puedo detenerme.
El príncipe corrió tras de ella, antes de que viniera otra ráfaga de viento, la agarró fuertemente y la dejó a cubierto en una torre cercana. Entonces la anciana le dio las gracias y dijo:
-Toma esta pequeña lámpara de aceite. Su luz te permitirá ver donde quiera que estés.
El príncipe guardó el regalo, dijo adiós a la anciana y prosiguió su camino.
Finalmente llegó a un castillo. Las paredes se desmoronaban, las piedras tambaleaban, todo el castillo parecía estar sujeto a la hiedra que lo cubría por todas partes y que incluso trepaba por las ventanas. Entonces se acordó del regalo de la anciana y sacó el puñado de arcilla. Untó un poco sobre la primera piedra inmediatamente quedó reparada. Continuó llenando agujeros con el pedacito de arcilla hasta que todas las piedras del castillo estuvieron fuertes y bonitas.
El príncipe tenía sed y fue al pozo del patio, pero estaba seco. Entonces se acordó del pequeño regalo de la mujer y sacó la botella de agua. Vertió el contenido dentro del pozo e inmediatamente empezó a salir agua y más agua, hasta que el pozo estuvo lleno, y el agua volvió a correr. El príncipe se inclinó, bebió el agua viva y su sed se apagó.
Entonces el príncipe entró en el castillo. Estaba húmedo y casi no se podía ni respirar y además estaba oscuro a causa de la hiedra que cubría las ventanas. Se acordó del regalo de la anciana y sacó la pequeña lámpara de aceite. Esta brilló en el luminoso su camino hasta llegar al salón de los banquetes. Allí encontró a sus doce hermanos sentados alrededor de la mesa, profundamente dormidos como y al rey del Castillo presidiendo la mesa y también profundamente dormido. Intentó despertarlos, pero no pudo; no hubo palabras ni caricias capaz de moverlos. Entonces vio entre los platos y las copas de oro y las flores blancas y doradas, las doce velas. Con la ayuda de la lámpara de aceite el joven príncipe las encendió una a una. Y cuando hubo encendido todas las velas, las ventanas se abrieron y a través de una de ellas entró volando una paloma blanca como la nieve y se posó en el hombro del joven príncipe. Entonces los doce hermanos y el rey se despertaron. Se levantaron para dar la bienvenida al decimotercer príncipe y le dieron las gracias por haberles librado de su encantamiento. Comieron y bebieron todos juntos y los doce príncipes regresaron a casa junto a su padre, y hubo mucha alegría.
Pág. 117 a la 122
Que sepamos usar y valorar la palabra tan efímera y poderosa .
Ainek
2 de junio 2021
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