Cada principio de año algo en nosotros vuelve a preguntarse hacia dónde quiere caminar.
A veces lo llamamos propósitos.
Otras veces son deseos silenciosos que apenas comienzan a tomar forma en el interior.
No siempre es fácil distinguir unos de otros.
¿Cómo diferenciar los buenos deseos de un propósito?
¿Será que nacen de lugares distintos dentro de nosotros?
¿Qué impulsa a uno y alimenta al otro?
Hay anhelos que nacen desde la exigencia y terminan pesando como piedras. Pero también existen deseos que aparecen desde un lugar más profundo y verdadero; esos que, en vez de imponerse, orientan suavemente el camino.
Pienso que los propósitos más valiosos son aquellos que logran convertirse en una forma cotidiana de habitar la vida.
Por eso este año no quise escribir metas.
Quise escribir dirección interior.
Y quise compartir algunos de estos deseos contigo, esperando que quizá alguno también llegue hasta tu corazón como un regalo.
Deseo caminar sin temor con los pies descalzos, confiando en el suelo que nos sostiene con tanta firmeza.
Un corazón resuelto en libertad de expresión, lleno de calidez para abrazar y dejarse abrazar.
Menos exigencia.
Más presencia.
Una mente serena y clara, capaz de contener imágenes saludables, ideas creativas y resoluciones sencillas para la vida cotidiana.
Unas manos listas para crear belleza y solidaridad.
Manos abiertas para dar y recibir.
Capaces de tocar un instrumento, escribir, cocinar, sembrar, limpiar, dibujar, compartir y amar lo que hacen.
Que nuestras voces sepan alzarse cuando sea necesario.
Y también guardar silencio cuando el silencio abrace mejor la vida.
Un rostro lleno de sonrisas.
Que nuestros encuentros sean entrañables y rodeados de gente querida.
Que en nuestras mesas nunca falten alimentos ricos y saludables.
Que se cure aquello que necesita sanar.
Y que estos deseos no se queden únicamente en el pensamiento.
Que bajen al cuerpo.
A la voluntad.
A las entrañas.
Ahí donde se gesta todo.
En lo oscuro y silencioso de lo interno.
Ahí donde, lentamente, también se digiere la vida.
Y quizá, en el fondo, todos estos anhelos tienen relación con algo muy sencillo: volver a mirar con más atención la vida cotidiana y aquello que sucede en lo sutil.
Antes de despedirme, quiero compartirte una pequeña anécdota con don Pedro, quien ahora nos acompaña ayudándonos en el jardín.
Estoy profundamente agradecida por su presencia en este tiempo.
El último día del año, mientras esperábamos que se llenara una pila de agua en el jardín, mi hija, don Pedro y yo observábamos el cielo al atardecer.
Una estrella muy brillante apareció al suroeste y poco a poco comenzó a ocultarse detrás de la montaña mientras llegaba la noche.
Entonces don Pedro me preguntó si conocía las cabañuelas.
Me contó que su abuelo le enseñó a observar el cielo para comprender el tiempo venidero. Dijo que, si uno mira con atención, puede ver cómo el año viejo comienza a despedirse y cómo el nuevo entra lentamente durante las primeras horas de enero.
Habló de una bruma que aparece al inicio del año.
De cómo poco a poco el cielo se despeja.
Y de cómo las estrellas vuelven a mostrarse.
Mientras lo escuchaba pensé que quizá los años también se parecen a eso:
una transición silenciosa entre lo que se va y lo que apenas comienza a revelarse.
Por más conversaciones sencillas y sabias.
Por más tiempo para observar la naturaleza.
Por más espacios donde todavía podamos mirar el cielo y escuchar lo que sucede en lo sutil.
Cariños,
Ainek
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Me encanta , gracias por abrir tu corazón y abrir el nuestro . Me has tocado .
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Gracias gracias gracias
Hermoso y lo que yo deseo y siento gracias 👏👏👏
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Un placer, gracias a ti por leer, resonar y además responder. ¡Un gran abrazo!
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