La música es un universo inmenso.
Y, en estos tiempos, hablar de meditación se ha vuelto algo cada vez más cotidiano, menos abstracto.
Durante mucho tiempo pensé que ambas prácticas habitaban lugares distintos dentro de mi vida. Sin embargo, con los años, he comenzado a sentir que se parecen mucho más de lo que imaginaba.
Desde pequeña me gusta cantar, tocar instrumentos, bailar y expresarme a través del arte, a pesar de considerarme una persona tímida. Durante mucho tiempo pensé que ambas cosas se contraponían. Ahora creo que los opuestos conviven naturalmente dentro del ser humano y que gran parte de la vida consiste justamente en aprender a habitarlos.
Mantener ese equilibrio es un arte cotidiano.
Cuando entré de lleno a estudiar música, el piano se convirtió en una especie de oasis. Un espacio donde mi mente podía experimentar una serenidad difícil de encontrar en otros momentos del día.
Mucho tiempo después, cuando conocí la meditación, reconocí esa misma sensación.
Entonces comprendí algo importante:
de alguna manera, tocar el piano ya había sido para mí una forma de meditar.
No porque ambas prácticas sean idénticas, sino porque las dos requieren presencia, atención y una profunda conexión con uno mismo.
Tocar un instrumento exige escuchar.
Escuchar el sonido.
Escuchar el silencio.
Escuchar el cuerpo.
Escuchar la respiración.
Y quizá también escucharse interiormente.
Mucho antes de que la atención plena se popularizara bajo el nombre de mindfulness, yo ya experimentaba algo parecido mientras estudiaba piano durante horas. Era una concentración activa y serena al mismo tiempo.
Hace poco tomé una clase magistral con una pianista española enfocada en la ejecución musical en público. Aunque estaba dirigida a pianistas, sentí que mucho de lo que compartió podía aplicarse a cualquier disciplina artística e incluso a la vida cotidiana.
Uno de los temas que abordó fue el miedo escénico:
el lobo que acecha silenciosamente a muchos intérpretes.
Me impresionó escucharla hablar de ello con tanta naturalidad.
Porque detrás del miedo escénico también está el sistema nervioso:
ese puente invisible que nos permite sentir, percibir, emocionarnos y expresarnos.
Durante mucho tiempo pensé que mi sensibilidad y mi sistema nervioso eran algo que debía corregir o controlar.
Sin embargo, escuchar esta clase me hizo comprender algo distinto:
gracias al sistema nervioso también podemos conmovernos profundamente con la música, interpretar una obra y conectar con otros seres humanos.
La sensibilidad no es el problema.
De hecho, gran parte de la experiencia artística existe gracias a ella.
El desafío quizá está en aprender a acompañarla.
Porque cuando el sistema nervioso vive en alerta constante, algo dentro de nosotros comienza a desconectarse. La respiración cambia, el cuerpo se endurece y aquello que antes fluía naturalmente empieza a sentirse lejano.
Y justamente tocar, cantar o expresarse requiere conexión.
Por eso me pareció tan revelador escuchar a esta maestra compartir herramientas concretas para cuidar el sistema nervioso: el entrenamiento y la meditación.
A decir verdad, me sorprendió escuchar la palabra meditación dentro de una clase magistral de música.
Y, al mismo tiempo, tuvo completamente sentido.
La meditación ayuda a regresar al presente. A crear un espacio interior más despejado y disponible. Como si antes de comenzar una acción barriéramos suavemente el ruido acumulado dentro de nosotros.
Con el tiempo he comprendido que la música también puede hacer algo parecido.
En ambas prácticas hay respiración.
Hay escucha.
Hay silencios.
Hay atención.
Y quizá por eso se complementan tan profundamente.
Cambiar el estado del sistema nervioso requiere tiempo, práctica y repetición. No sucede de un día para otro. Pero sí creo que puede educarse hacia una experiencia más amable de la sensibilidad.
Incluso los nervios pueden transformarse.
La emoción que antes paralizaba también puede convertirse en presencia, energía y vitalidad para la obra.
Hace algunos años jamás habría pensado esto.
Ahora lo observo con más ternura.
Y quizá por eso siento cada vez más urgente cultivar prácticas cotidianas que ayuden a sostener el bienestar anímico, mental, físico y espiritual, especialmente en adultos que cuidan y acompañan a otros.
Pienso particularmente en las mujeres que maternan prácticamente solas. El cansancio muchas veces es profundo y silencioso.
No solo nos nutrimos de alimento o descanso.
También necesitamos experiencias que devuelvan calma, belleza y sentido al alma.
A veces eso puede llegar a través de algo tan simple como respirar conscientemente unos minutos, meditar, cantar o tocar un instrumento.
Antes de terminar, quisiera dejar aquí un ejercicio muy sencillo:
Cierra los ojos.
Lleva la atención a la respiración.
Aunque aparezcan pensamientos, ruido o distracciones, vuelve suavemente al aire entrando y saliendo del cuerpo.
Hazlo una y otra vez.
Sin exigencia.
Sin prisa.
Y cuando te sientas listo, abre los ojos nuevamente.
Quizá descubras que el silencio también tiene música.
Para concluir, les comparto este video de hace algunos años. Es un concierto íntimo que ofrecimos Yayo y yo a familiares y amigos. La pieza se llama Amarilli, un madrigal del siglo XVI.
Con amor,
Ainek
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Es muy inspirador leerte, muy cierto lo del lobo acechando.Me identifico mucho con tener el espacio dentro de la crianza para practicar, en mi caso dibujo.Coincido en lo importante que es estar sano de los nervios.Nos gusto mucho a Gloria y a mi su interpretación de la pieza que compartes.Siempre es un gusto leerte y releerte.
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Muchísimas gracias, mi querida Paula, siempre es muy lindo recibir tu retroalimentación. Que cada día integremos más lo que nos hace sentir bien, nos inspira y produce dopamina,
como: hacer ejercicio, escuchar o tocar un instrumento, meditar etc.
Te abrazo y ojalá vernos pronto y platicar.
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