Hay cosas que una guarda sin saber por qué.
El primer trazo.
El primer dibujo.
Un papel doblado que parece pequeño, pero que contiene un mundo.
Mi hija tenía cuatro años cuando dibujó esas estrellas.
Su mano apenas dominaba el lápiz. El trazo era suave, breve, a veces irregular.
Pero en él había algo intacto: una mirada sin juicio.

Siempre he seguido su trazo.
Lo hice desde que pudo sostener un lápiz por primera vez.
Guardé sus dibujos porque me gustaban, porque quería que un día pudiera mirarse en ellos y reconocerse en el tiempo.
No sabía que años después volvería a ellos desde otro lugar.
Crecí en una familia donde el arte era parte del cotidiano: mi papá pintor, mi mamá y mi abuela materna entre telas e hilos.
Para mí, crear siempre fue lenguaje y refugio.
Pero fue la maternidad la que transformó ese lenguaje en algo más profundo.
Hilos de Estrellas nace ahí.
No como una estrategia.
No como una tendencia.
Sino como un gesto de cuidado.
La idea de bordar esos dibujos surgió mientras escribía en este espacio, reflexionando sobre la crianza, sobre el tiempo, sobre lo que significa acompañar el crecimiento de una hija.
Comprendí que la maternidad también es conservar memoria.
También es decir: “Tu trazo importa.”
Pasar ese dibujo al hilo fue una decisión consciente.
Fue sentarme con paciencia frente a la tela y dialogar con esa niña de cuatro años que ya no es la misma, pero que sigue habitando en ella.
El tiempo rápido de la infancia se volvió tiempo lento de puntada.
Lo efímero se volvió textil.
Lo que parecía un dibujo más se transformó en vínculo.
Bordar es conservar, sí.
Pero también es honrar.
Honrar su imaginación.
Honrar la voz de la infancia.
Honrar mi propio camino como madre.
Porque maternar no es solo criar.
Es observar.
Es guardar.
Es sostener sin invadir.
Es confiar en que lo que hoy parece pequeño, un día revelará su sentido.
Estaba participando en una infancia resignificada.
En una memoria que no se deja atrás, sino que se transforma.
Así surgió esta colección pequeña e íntima.
Como un oficio que acompaña mi cotidiano.
Como una forma de honrar el trazo de mi hija y el mío propio.
No sé aún hasta dónde viajarán estas piezas.
Pero sé que ya cumplieron algo esencial:
hacer visible lo que parecía pequeño.

El último domingo de marzo abriré esta puerta con calma.
Será la apertura íntima de mi taller,
a media mañana,
como quien invita a entrar a su casa sin prisa.
Hilos de Estrellas nace así:
desde la maternidad,
desde el arte,
desde el tiempo.
— Ainek
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