Cambios

Mírame todas las veces que desees, pero no llegarás a conocerme… ya que desde la última vez que me viste, he cambiado cien veces.

Rumi

Esta fue una de las últimas citas que leí de mi suegra.

A ella le encantaba la poesía de Rumi. La verdad es que compartíamos ciertos gustos y coincidíamos en algunas cosas. Esta cita era una de ellas y, con el tiempo, cada vez me hace más sentido.

Si me preguntaran si he cambiado en estos últimos cien días, respondería que sí, sin duda.

Aunque el cambio es una constante en la vida, también me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta aquello que no comprendo. Hay movimientos internos y externos que me llevan tiempo habitar.

Hace unos días, por ejemplo, estaba trabajando en la página web —la cual sigo aprendiendo a hacer sobre la marcha— cuando, inesperadamente, algunos comandos de edición cambiaron de idioma. Llevo días intentando arreglarlo y entender qué lo generó.

Y aunque parezca algo pequeño, esto me hizo pensar profundamente en mi relación con el cambio.

Todo el tiempo estamos gestionando decisiones y atravesando transformaciones. Algunas parecen mínimas y otras modifican por completo el paisaje interior de nuestra vida.

Recientemente, seres queridos han dejado este mundo. Hace poco también partió mi tío del linaje materno. Su muerte me ha traído mucha tristeza y una profunda nostalgia.

Y siento que esa añoranza no aparece solamente por quienes han partido.

También llega por ciertos tiempos.
Por lugares internos.
Por amistades que ya no frecuento.
Por versiones de la vida que ya cambiaron.

Entonces aparecen aromas, imágenes y memorias.

La flor de jazmín.
El cedro.
La naranja.

Dulce y agrio a la vez.

Reconocer que estamos de paso es una verdad difícil y hermosa al mismo tiempo.

Por un lado, me lleva a agradecer el tiempo compartido en esta tierra. A valorar la propia biografía y la de los demás.

Y, al mismo tiempo, siento que la vida constantemente nos pide aprender a despedirnos.

De quienes han dejado este mundo.
Y también de personas entrañables, tiempos y versiones de nosotros mismos que ya no volverán de la misma manera.

Sin duda, el cambio es una cualidad profundamente humana. Es inherente a la naturaleza y participa constantemente en la evolución de la vida.

Cambiamos de parecer.
Cambiamos de residencia.
Cambia nuestra piel.
Nuestra edad.
Nuestros gustos.
Nuestras necesidades.

Y, sin embargo, al mismo tiempo parece existir algo que permanece.

Como una paradoja.

Una esencia que prevalece.

Un Yo espiritual.

Curiosamente, hace unos días mi hija me dijo antes de dormir:

—Mamá, cada ser humano tiene su propio aroma. Pero no me refiero al sudor. Me refiero a un aroma único. Uno que no viene de lo que comes ni de lo que transpiras.

—Sí —le respondí, un poco desde el asombro y la inercia.

Después cambiamos de tema y continuamos preparándonos para dormir.

Pero ya acostadas, al terminar el cuento, le agradecí profundamente su apreciación.

Y le compartí que yo también sentía que cada ser humano posee algo único e irrepetible. Lo dije como metáfora y también literalmente.

Quizás porque, en medio de tanto movimiento, me conmueve profundamente percibir que existe algo que permanece.

Algo esencial.

Y siento que esa continuidad invisible compensa, de algún modo, tanto cambio.

Pienso entonces en la fuerza que sostiene al universo entero.

La misma fuerza que mantiene en órbita a cada planeta es también la que me sostiene día con día.

Mientras escribo, intento solucionar los contratiempos de la página web y atravieso esta nostalgia, siento que mi relación con el cambio también continúa transformándose.

Acompaño este proceso cantando.

Lloro y canto un fado.

Y, en medio de todo esto, ha llegado el verano.

Estamos a un día de la noche de San Juan.

Se dice que es la noche en que eclosionan los seres elementales de la naturaleza.

Siento que en este tiempo todo está a flor de piel:
los sentimientos,
la alegría,
la poesía,
la medicina.

Este año, además, muy cerca de la luna llena.

Los ciclos constantes traen consigo novedad.

Lo fresco.
Los colores.
Los sonidos.
La metamorfosis que permite el presente.

Y pienso que quizás ahí también habita otra forma de sostén:
en el regreso constante de los ciclos,
en el verano que vuelve,
en la luna,
en las estaciones,
en el canto,
en el ritmo vivo de la naturaleza.

Ahora mismo mi presente está lleno de tantas cosas que me apasionan.

Me apasiona la gente que me rodea.
Los proyectos en los que colaboro.
La posibilidad de seguir creando aun en medio de los cambios.

Ofrezco hoy un canto para mi gente que ha partido.

Los veo en el corazón,
en los sueños,
en los recuerdos.

Y quizás, en algún momento, volvamos a encontrarnos.

Pienso entonces que tal vez la añoranza también sea una forma de amor que continúa buscando presencia.

Una manera en que el alma sigue tendiendo puentes hacia aquello que ha sido significativo para nosotros.

Y quizás por eso seguimos cantando,
recordando,
escribiendo,
nombrando.

Buscando maneras de permanecer en vínculo con aquello que amamos.

¿Cómo te relacionas con la añoranza?

¿Puedes expresarla de alguna forma?

¿Con la danza?
¿Con el canto?
¿Con la escritura?
¿Con la palabra?
¿Con el dibujo?

Abrazo cálido,

Ainek

22 / 23 de junio, 2021


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