Date tiempo

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Llevo una larga temporada escribiendo acerca de los límites. En esta ocasión, quiero tocar el tema desde el punto de vista de los hábitos y las rutinas.

Los hábitos y las rutinas son una herramienta que siempre me han sostenido. Especialmente durante procesos de cambio profundos, tanto familiares como individuales. A lo largo de la crianza y maternidad, adaptar y crear ritmos adecuados para mi hija ha sido un gran acierto.

Como bien sabemos, no hay fórmulas para maternar. Sin embargo, sí existen herramientas que pueden ayudarnos a atravesar las distintas etapas con más sostén y conciencia. Hoy quiero dar reconocimiento a la importancia de los hábitos.

Con el tiempo también he comprendido algo que me enseñó profundamente la pedagogía: los hábitos y las rutinas no solo organizan el día.

Van formando una capa.

Es como si fueran la piel del cuerpo etéreo, donde se gesta y resguarda la vitalidad.

Por eso, además de estructura, los ritmos cotidianos también aportan contención.

Observar los ciclos de la naturaleza nos puede develar la salud que provee llevar un ritmo adecuado día con día. La naturaleza es una fuente de inspiración profundamente sabia y observable.

En la primera infancia, llevar un ritmo constante con nuestros hijos es importante. Además de cubrir una necesidad básica, puede convertirse en un gran sostén para la vida familiar.

Crear un ritmo cíclico en la vida cotidiana aporta armonía y seguridad. Reflejar ritmos en el hacer diario contribuye a la armonía interior del niño y, por consecuencia, también a la armonía de la familia.

Claro está que cada hogar tiene sus propias necesidades, posibilidades y características.

Hoja de comisiones para la casa que mi hija creó, inspirada en una actividad de su escuela.

Les cuento, cuando mi María era recién nacida, la hora del baño era especial.

Poníamos música desde el momento de preparar el agua. Incluso elegimos una lista de música para acompañar ese instante. Teníamos varias razones para hacerlo: nos encanta la música y queríamos suavizar el momento. No siempre es sencillo para un recién nacido el proceso de llegar al agua. Los bebés atraviesan muchísimos cambios durante sus primeros meses de vida.

Pero, sobre todo, creo que aquello le ayudaba a anticipar lo que sucedería.

Anticiparle e irle platicando qué estábamos haciendo permitía que se relajara. Estoy segura de que su experiencia era sentirse parte de la historia. Quiero decir, a quien íbamos a bañar era a ella. ¿Cómo entonces no avisarle y explicarle lo que sucedería?

No hay momento más íntimo que los cuidados personales.

Acciones tan sencillas como cargar a un bebé, cambiarlo o acompañarlo durante el baño pueden dignificar profundamente el sentido del tacto y la presencia.

En el libro Hacia otro nivel de cuidado, Janet Lansbury comparte una reflexión que me marcó muchísimo. Ella plantea imaginar qué sentiríamos nosotros si dependiéramos completamente de alguien más para movernos, alimentarnos o ser cuidados. Seguramente esperaríamos que nos avisaran antes de tocarnos, levantarnos o intervenir nuestro cuerpo.

Un bebé, porque aún no pueda hablar o moverse por sí solo, no significa que no esté presente.

Y creo que ahí comienza una parte muy profunda del cuidado: reconocer al otro como un ser humano completo desde el inicio.

Con el tiempo también he comprendido que anticiparle a un niño lo que va a suceder le aporta participación activa. En muchos casos, incluso autonomía para su edad. También fortalece la confianza.

Y quizás, de alguna manera, una estructura amorosa también es parte de los límites.

¿De qué están hechos los límites?

Es una pregunta que me he hecho muchas veces a lo largo de la maternidad.

La palabra límite puede tener muchísimos significados. Durante años la relacioné principalmente con normas, restricciones o con decir qué se puede hacer y qué no.

Sin embargo, maternar ha ido transformando profundamente esa idea en mí.

Hoy siento que los límites también tienen que ver con el conocimiento.

Conocer al otro.
Y conocerme a mí.

No solamente decir:
—te lo dije,
—ya ves,
—sabía que esto iba a pasar.

Sino desarrollar una mirada más profunda sobre las verdaderas necesidades de ambos.

Con el tiempo he comprendido que muchas veces un límite también puede ser una forma de cuidado, de contención y de orientación interior.

Especialmente en la infancia, una estructura amorosa ayuda al niño a sentirse sostenido dentro del mundo.

También he descubierto que existen límites que compartimos todos los seres humanos: el descanso, el alimento, el sueño, el ritmo, la necesidad de calma, de contacto y de vitalidad.

Pero existen otros mucho más sutiles.

Límites que solo aparecen a través del autoconocimiento.

Esos que aprendemos a percibir poco a poco observándonos, agotándonos, escuchándonos y atravesando experiencias.

Porque muchas veces el cansancio, la irritación o el desborde emocional son también expresiones de límites internos que no alcanzamos a percibir a tiempo.

Y quizás ahí comienza otra parte importante de la crianza:
comprender que maternar a nuestros hijos también implica aprender a conocernos y cuidarnos a nosotros mismos.

Claro está que todo esto vive en constante metamorfosis. La maternidad cambia, los niños cambian y nosotros también.

Por eso creo que los límites no son algo rígido o completamente terminado.

Más bien se parecen a una construcción viva, que necesita observación, flexibilidad y mucha conciencia.

Y quizás por eso mismo lo cotidiano tiene tanta importancia.

Porque muchas veces son justamente los pequeños ritmos, hábitos y rituales diarios los que ayudan a sostener necesidades profundas que no siempre alcanzamos a percibir fácilmente.

Como en toda estructura, también hay límites de tiempo. Puede ser tan poético como lo desees. También puede ser tan práctico como lo necesites.

Algunas pautas que nos han ayudado en este camino:

Y junto con toda estructura, también he descubierto la importancia de la flexibilidad.

Darle espacio a la improvisación, al caos, al cansancio y a los cambios inesperados.

Escuchar.

Observar.

Darnos tiempo para jugar.

Integrar el error como parte de la vida y del aprendizaje.

Mirar verdaderamente al otro y descubrirlo con nuestra propia mirada.

Con el tiempo también he sentido algo muy sencillo y muy profundo:

muchas veces lo que les ayuda a ellos, también termina ayudándonos a nosotros.

Del libro que les menciono hoy les dejo el link. Esta lectura ha sido un verdadero tesoro para mí.

La recomiendo especialmente durante el embarazo, en los primeros años de crianza y, honestamente, en cualquier momento de la maternidad y la vida familiar.

En este tiempo lo he vuelto a leer y continúa recordándome algo muy sencillo y muy profundo: que es justamente en lo cotidiano donde podemos conectar verdaderamente con nuestros hijos.

Y quizás también es en lo cotidiano donde aparecen nuestros mayores desafíos.

En una comida.
En el cansancio.
En el momento de dormir.
En el llanto.
En la repetición.
En el ritmo de cada día.

A veces pensamos que los grandes momentos son los que construyen el vínculo.

Pero muchas veces son los pequeños gestos repetidos amorosamente los que terminan sosteniendo la vida interior de una familia.

Hacia otro nivel de cuidado, guía para la crianza con respeto, de Janet Lansbury.

Los niños sienten.

Los niños observan.

Los niños viven intensamente.

Y mientras más avanzo en este camino, más deseo que nuestro tejido social pueda volverse consciente y responsable con la infancia.

Que podamos mirar a los niños con más presencia, profundidad y humanidad.

Me encantará leerles.

¿Qué les ayuda a ustedes?
¿Qué rutinas o rituales viven en casa?
¿Qué ha sido lo más desafiante?
¿Qué pequeños momentos cotidianos sienten que sostienen a su familia?

Cariños,

Ainek

4 de noviembre, 2021.


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