Infancia sagrada

Tengo muchos defectos y uno de ellos son los «hubieras».

Por ejemplo, unos días después de la celebración de mi boda, me descubrí recapitulando todo lo que había pasado. Me contaron anécdotas de las que ni siquiera me di cuenta y aparecieron un sinfín de pensamientos alrededor de ese día.

La verdad es que viví una boda muy bonita. Estuvo llena de belleza y fue profundamente entrañable. Estuvimos rodeados de personas muy queridas y significativas para nosotros.

Aun así, algún «hubiera» encontró espacio dentro de mí.

Con el tiempo comprendí que los hubieras también me ayudan a mirar lo vivido desde distintos ángulos. A revisar, aprender y descubrir aquello que quizá pueda cuidar o mejorar más adelante.

Tal vez por eso me conmueve tanto volver a mirar ciertos momentos de la vida.

En verano, y especialmente durante las vacaciones, una de las actividades favoritas en nuestra familia es ver fotografías.

Y adivinen para quién es todavía más importante verlas…

Sí, le atinaron: para mi pequeña salta montes.

En estas vacaciones un día vemos fotos y, si me descuido, al día siguiente también.

Últimamente he estado observando el impacto tan profundo que tienen estas imágenes.

Nos vemos y nos escuchamos dos, tres o incluso cinco años atrás. Y mientras miramos esos instantes, algo de nosotros vuelve a reconstruirse. Partes que parecían olvidadas regresan suavemente.

Las fotografías guardan mucho más que recuerdos.

Guardan sensaciones.

Si alguien me pidiera un consejo, le diría: toma todas las fotos que quieras. Hazlo junto a tus hijos y también de ellos. Captura tus instantes favoritos, esos destellos solares y los momentos sencillos que después parecen volverse enormes.

Pero, sobre todo, deja a un lado por un momento el peso de los deberes y de los quehaceres.

Juega.

Juega a lo que sea:
a las escondidillas,
a bailar,
a contar chistes,
a inventar historias,
a hacer una obra de teatro,
a cocinar juntos.

Estoy segura de que será inolvidable para ti.

Pero, sobre todo, para ellos.

Porque estamos hechos de sensaciones.

Y quizá muchas veces la infancia se construye justamente ahí: en esos pequeños momentos donde alguien nos miró con alegría, nos escuchó con atención o simplemente jugó con nosotros.

Yo apenas tengo 43 años y ya he empezado a olvidar algunos detalles de mi propia niñez.

Por eso hoy rezo para que mi mirada hacia mi hija sea dulce.

No quiero que sea una mirada dura.

Porque esa mirada, poco a poco, moldea su autopercepción. De algún modo la acompaña a descubrir quién es.

Y mientras escribo esto, también pienso que maternar a nuestros hijos muchas veces nos lleva a volver a maternarnos a nosotras mismas.

Quizá por eso tantas cosas de la infancia vuelven a abrirse cuando acompañamos a un niño.

En la maternidad y la paternidad nos unen muchos desafíos:
miedos, incertidumbres, preguntas, cansancio.

Pero también certezas y pequeños hilos invisibles en los que coincidimos.

Y honestamente, saberme acompañada por otras madres y padres me reconforta muchísimo.

A pesar de nuestros errores y defectos, deseo que nunca falten la risa, el juego y las sensaciones agradables dentro de nuestras casas.

Al final, quizá somos eso:
mamás perfectamente imperfectas intentando ofrecer presencia antes que perfección.

Todavía quedan algunos días de verano y de lluvia —al menos de este lado del hemisferio norte— y pensé que sería bonito compartir algunas ideas sencillas para habitar estos días junto a nuestros peques.

No como tareas por cumplir, sino como pequeños rituales para crear recuerdos vivos.

  1. Hacer un picnic al aire libre.
  2. Inventar una obra de teatro familiar e invitar a algún amigo o amiga a participar.
  3. Preparar pasta, galletas o un pastel juntos.
  4. Escuchar música, bailar, detenerla de pronto y quedarse congelados antes de volver a empezar.
  5. Compartir canciones favoritas y aprender juntos una nueva.
  6. Y si quieres… continúa esta lista.
    Hagámosla tan larga y creativa como los días que quedan de verano.

Quizá algún día ellos también recuerden estos pequeños momentos y algo cálido vuelva a encenderse dentro de sí.

Cariños,

Ainek


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2 comentarios sobre “Infancia sagrada

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