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La importancia de relatar historias y de contar cuentos

Cuando era pequeña disfruté enormemente los relatos. Es una de las vivencias que más me gustaba y que aún recuerdo con una sensación cálida de mi niñez. Mi hermana y yo visitábamos con frecuencia a mi abuela Juana y, después de comer, ella, usualmente nos contaba algunos relatos y anécdotas de su juventud. Fue un verdadero gozo, sobre todo, cuando coincidimos con otras primas en casa de mi abuela. En muchas ocasiones se nos salían las lágrimas de reír tanto. Mi hermana y yo, somos de las nietas más pequeñas del lado de mi linaje materno.

Otro momento que disfrutábamos mucho (escribo en plural, pensando que mi hermana disfrutaba igual que yo, pero, creo que valdrá la pena preguntarle si estoy en lo cierto) fue la hora de ir a dormir, ya que, mi mamá regularmente nos contaba un cuento, en muchas de las ocasiones la historia nos gustaba tanto que le pedimos volviese a contarla una y otra vez, al siguiente día y por varias semanas más. Mientras escribo esto, vuelvo a sentir la calidez de aquellos días.

 Readers in trees por Toni Demuro

Ahora, con el tiempo que he estado estudiando pedagogía, estoy siendo más consciente de la importancia tanto del contar y leer cuentos, así como de relatar historias y anécdotas. Entre el verano y el otoño del 2020 tomé el taller «Los 7 pasos del aprendizaje» con Uta Stolz y Karla Olmedo. En una de las lecciones tocamos el tema de la importancia del relato, sobre todo en momentos tan difíciles como lo fue el año pasado, en donde la educación y la conexión entró en crisis profunda, vimos que, para el niño de temprana edad de los cero a siete años, las historias podrían lograr tocar al otro incluso, aun a la distancia y al mismo tiempo conectar con su propio mundo interior.

¿Por qué es tan importante? ¿Para qué le sirve al niño? Cada vez hay más estudios sobre este tema, pero en lo que a mí me concierne ha sido un medio para transmitirle a mi hija una enseñanza en momentos difíciles. Además, de ser un tiempo de fomentar la escucha, es un momento de conexión con nuestro cuidador sea nuestra madre, abuela, educadora, papá y, ya sabemos que la conexión fortalece el vínculo. También enriquece el vocabulario, además de fomentar el gusto por la lectura.

En muchos de los cuentos de hadas aparecen arquetipos universales, que nos ayudan a entender y a lidiar con emociones que yacen en nuestro interior, además de incentivar la imaginación y la memoria, podría llegar a ser una vivencia profunda del alma. Por eso que, contar un mismo cuento por varios días es una actividad que beneficia al niño en su desarrollo, esto le da la capacidad de profundizar, entender, memorizar y recordar la historia.

Claro está que, el cuento que escogemos depende de la edad del niño y de las necesidades propias de su edad, generalmente con los niños de primer septenio y sobre todo menores de tres años, se sugieren historias con desenlaces felices, historias cortas y simples, adecuadas para lo que estén viviendo y que fomenten la voluntad, ya que a esta edad el niño vive a profundidad las imágenes y se identifica con la misma historia.

Leí que para las edades de entre cuatro y seis años, «Las imágenes de los cuentos deben ser tan grandes en su sencillez, tan verídicas en su mensaje. Que sea una llamada a las regiones profundas del alma, regiones en las que tiene su origen la voluntad.»

Pienso que de los cuentos podemos aprender mucho del mundo y de la vida, y además es bueno saber qué pueden ayudarnos a transmitir a nuestros hijos. Y también, por qué no, aprender un poco más de nosotros mismos.

¿Qué sucede cuando escuchamos una historia?

Desde la antigüedad las distintas culturas de todos los tiempos, de todos los continentes, de todos los países, ciudades, tribus y comunidades sea que hayan estado en la cumbre de una montaña, o a la orilla de un río, han transmitido su sabiduría y conocimiento por medio de relatos y cuentos como lo hicieron, por mencionar algunas: la cultura hindú, persa, egipcio caldeo, griega, romana, anglo germana, la cultura mesoamericana, del camino rojo, de toda América hasta nuestros días y no ha sido casualidad si no que es un canal eficaz que funciona.

La palabra es un medio de comunicación atemporal que ha registrado mucho en el camino, pero ¿Qué sería si no hubiese un receptor? el narrador perdería su sentido. El narrador y el oyente tienen una estrecha relación. Gracias a la tradición oral hemos podido conocer historias que guardan verdades y preservan sabiduría. Enseñanzas de todos los tiempos. Gracias al relato muchos textos que ahora están escritos lograron trascender.

En casa nos encantan las historias de Hanuman y muchas de estas historias nos han dado valentía, también, muchos de los cuentos de hadas de distintas colecciones, como es la de los hermanos Grimm, algunos cuentos antroposóficos con referencias a las celebraciones del año. Y muchos más de autores actuales que al igual nos han dejado huella. Dentro de nuestra rutina en la lectura de vez en vez intercalamos un cuento, otras noches poesía, y/o la repetición de algún verso.

También, en otro momento les contare acerca de mi mamá, la abuela de mi María que disfruta de las artes de hablar y relatar anécdotas y, pues, de vez en cuando le preguntamos de su niñez y juventud, créanme, tiene mucho que contar, escucharla es una experiencia bellísima para nosotros.

Se me ocurre hacer una sección en donde les pueda compartir algunos cuentos con temática distinta.

Hoy les dejo un cuento que cuando se lo leí por primera vez a mi María, me conmovió muchísimo. Aprovechando que recién (el 23 de mayo) ha pasado la celebración de Pentecostés:

Cuento de Pentecostés

Érase una vez un rey que tenía trece hijos, un día los doce mayores partieron a buscar fortuna, pero el decimotercer hijo se quedó en casa. Era demasiado joven para acompañar a sus hermanos.

A lomo de doce hermosos caballos, los doce hermanos se fueron a cabalgar por el ancho mundo. Llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de rocas y cantos, piedras y guijarros. Allí vieron a una anciana que estaba sentada en el suelo, frotándose las rodillas. Pero los doce príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos por entre las piedras que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana. Siguieron cabalgando y llegaron a un país que estaba cubierto por todas partes de estanques y charcas, pantanos y ciénagas. Allí vieron a una anciana que estaba metida hasta la cintura dentro de un pantano. Pero los príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos por entre las aguas que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana.

De nuevo siguieron cabalgando, y llegaron a un país donde el viento y el aire soplaban y corrían de tal modo que tuvieron que sujetarse los sombreros y los trajes, y hasta tuvieron que retener a sus caballos para evitar que se volaran. Vieron a una mujer que venía precipitadamente, casi volando, con las faldas por encima de la cabeza y agarrada a un paraguas vuelto del revés. Parecía como si en cualquier momento la anciana fuera a desaparecer en el cielo. Pero los doce príncipes estaban tan atareados guiando sus caballos a través del viento que no tuvieron tiempo de hablar con la anciana.

Siguieron cabalgando llegaron por fin a un castillo. Las paredes se desmoronaban, las piedras tambaleaban, todo el castillo parecía estar sujeto por la hiedra que lo cubría por todas partes y que incluso trepaba por las ventanas. Los hermanos estaban sedientos después de tan largo viaje y fueron a sacar agua del pozo del patio. Pero el pozo estaba seco, y no pudieron sacar ni una gota para apagar la sed. Entraron en el castillo. Estaba muy oscuro a causa de la hiedra que cubría las ventanas, y además estaba húmedo y casi no se podía ni respirar. Intentaron abrir las ventanas, pero estaban roñosas y no se podía mover. El más mayor de todos rompió un cristal, pero la contraventana se cerró de golpe y la obscuridad se hizo aún mayor.

Los príncipes entraron en el salón de los banquetes. Había una larga mesa preparada con comida y bebida, decorada con flores blancas y doradas, y doce velas. Los platos y las copas eran de oro. El rey del Castillo estaba sentado en su trono presidiendo la mesa, y llevaba una corona de oro, pero estaba profundamente dormido. Los príncipes intentaron despertarlo, pero no pudieron. Todo estaba tan oscuro que casi no podían ver ni lo que hacían. Intentaron encender las velas, pero estas tan sólo chispearon un poco más y se apagaron. Entonces se sentaron a comer en la oscuridad, pero antes de que pudieran probar bocado empezaron a adormecerse poco a poco, y cada vez más, hasta que quedaron profundamente dormidos.

Ahora que los doce príncipes no podían volver a casa, el hermano más pequeño acudió a su padre, el rey, y le pidió permiso para ir a buscar a sus hermanos. Al principio el rey no quiso porque no quería separarse del único hijo que le quedaba, pero finalmente le dio permiso.

Llegó a un país que estaba cubierto por todas partes de rocas y cantos piedras y guijarros. Allí vio a una anciana que estaba sentada en el suelo frotándose las rodillas. El joven príncipe detuvo su caballo y preguntó: ¿ puedo ayudarla?

– ¡Ay!- Dijo la anciana- me he caído y me he hecho daño en las rodillas.

El príncipe desmontó de su caballo inmediatamente y Vendo las rodillas de la anciana. La subió al caballo y la llevó a su casa. Entonces la mujer le dio las gracias y dijo:

– Coge este puñado de arcilla. Con él podrás reparar cualquier piedra rota.

El príncipe guardó el bonito regalo cuidadosamente, dijo adiós a la mujer y prosiguió su camino.

Llegó entonces a un país que estaba cubierto por todas partes de estanques y charcas, pantanos y ciénagas. Allí vio a una anciana que estaba metida hasta la cintura en un pantano. El joven príncipe detuvo su caballo y preguntó:

– ¿Puedo ayudarla?

-¡Ay!- Dijo la anciana- me he hundido en esta charca y no puedo salir.

El príncipe desmontó de su caballo inmediatamente y fue chapoteando y saltando de un lado a otro hasta que llegó hasta donde estaba la anciana. La subió sobre sus hombros y cuando la hubo dejado sana y salva, la anciana le dio las gracias y le dijo:

– Toma esta pequeña botella de agua. Con ella podrás apagar mucha sed.

El príncipe guardó cuidadosamente la botella, dijo adiós a la anciana y prosiguió su camino.

Después de mucho viajar llegó a un país donde el viento y el aire soplaba y corrían de tal modo que tuvo que sujetarse el sombrero y el traje, y hasta tuvo que retener a su caballo para evitar que se volaran. Vio a una mujer que venía precipitadamente, casi volando, con las faldas por encima de la cabeza y agarrada a su paraguas vuelto del revés. El joven príncipe detuvo a su caballo y preguntó:

– ¿Puedo ayudarla?

– ¡Ay!- dijo la anciana- No puedo detenerme.

El príncipe corrió tras de ella, antes de que viniera otra ráfaga de viento, la agarró fuertemente y la dejó a cubierto en una torre cercana. Entonces la anciana le dio las gracias y dijo:

-Toma esta pequeña lámpara de aceite. Su luz te permitirá ver donde quiera que estés.

El príncipe guardó el regalo, dijo adiós a la anciana y prosiguió su camino.

Finalmente llegó a un castillo. Las paredes se desmoronaban, las piedras tambaleaban, todo el castillo parecía estar sujeto a la hiedra que lo cubría por todas partes y que incluso trepaba por las ventanas. Entonces se acordó del regalo de la anciana y sacó el puñado de arcilla. Untó un poco sobre la primera piedra inmediatamente quedó reparada. Continuó llenando agujeros con el pedacito de arcilla hasta que todas las piedras del castillo estuvieron fuertes y bonitas.

El príncipe tenía sed y fue al pozo del patio, pero estaba seco. Entonces se acordó del pequeño regalo de la mujer y sacó la botella de agua. Vertió el contenido dentro del pozo e inmediatamente empezó a salir agua y más agua, hasta que el pozo estuvo lleno, y el agua volvió a correr. El príncipe se inclinó, bebió el agua viva y su sed se apagó.

Entonces el príncipe entró en el castillo. Estaba húmedo y casi no se podía ni respirar y además estaba oscuro a causa de la hiedra que cubría las ventanas. Se acordó del regalo de la anciana y sacó la pequeña lámpara de aceite. Esta brilló en el luminoso su camino hasta llegar al salón de los banquetes. Allí encontró a sus doce hermanos sentados alrededor de la mesa, profundamente dormidos como y al rey del Castillo presidiendo la mesa y también profundamente dormido. Intentó despertarlos, pero no pudo; no hubo palabras ni caricias capaz de moverlos. Entonces vio entre los platos y las copas de oro y las flores blancas y doradas, las doce velas. Con la ayuda de la lámpara de aceite el joven príncipe las encendió una a una. Y cuando hubo encendido todas las velas, las ventanas se abrieron y a través de una de ellas entró volando una paloma blanca como la nieve y se posó en el hombro del joven príncipe. Entonces los doce hermanos y el rey se despertaron. Se levantaron para dar la bienvenida al decimotercer príncipe y le dieron las gracias por haberles librado de su encantamiento. Comieron y bebieron todos juntos y los doce príncipes regresaron a casa junto a su padre, y hubo mucha alegría.

Pág. 117 a la 122

Que sepamos usar y valorar la palabra tan efímera y poderosa .

Ainek

2 de junio 2021

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Guarda esta flor

Xiqui yehua in xóchitl, xiqui yehua ipan noyólotl, pampa ni mitz tlazotla, pampa ni mitz tlazotla, ica nuchi noyólotl.

Poema en lengua Náhuatl

¿Cómo describes la inmensidad de una madre?

¿Cómo describes la profundidad de su alma?

Los días previos a la celebración del Día de las Madres —que en México celebramos el 10 de mayo— estuve un tanto apática. Sobre todo, con la organización. No tenía idea de lo que quería hacer.

Me sentía saturada entre el trabajo profesional y mi propio proceso anímico. Y eso me sorprendía, porque en realidad me encanta dar lugar a celebrar.

Celebrar ésta y otras festividades del año me permite resignificar la vida cotidiana. Especialmente aquellas celebraciones que marcan los ritmos de la naturaleza. Las vivo como una especie de eclosión del ser.

Finalmente llegó el día.

Se hizo un plan familiar muy sencillo. Armamos un menú rico con lo que ya teníamos en casa: muchos huevos y papas.

Yayo nunca había preparado una tortilla española. De hecho, aquí no es común hacerla ni comerla. Pero se animó a cocinarla y le quedó deliciosa.

La acompañamos con una ensalada fresca, quesos y algunos otros platillos. También preparó un exquisito pay de manzana.

Pero, más allá de la comida, lo que más agradecí fue la dinámica familiar que se generó alrededor de ella.

Muchas veces, cuando llega el Día de las Madres, una termina organizando, resolviendo y sosteniéndolo todo. En cambio, esta vez fue distinto.

Fue un día de recibir.

De consentimiento.

De sentirme cuidada.

Mi María participó todo el tiempo: picando, rallando y decorando los platillos.

Desde el año pasado, Yayo ha explorado mucho más sus dones culinarios y me ha sorprendido profundamente su gusto por cocinar. Ya lo invitaré algún día a compartir algunas de sus recetas.

Hay dos cosas que agradezco especialmente al recordar este día.

La primera es la presencia de Yayo en mi vida y la familia que somos. También agradezco la amorosa sorpresa de organizar esta celebración.

Y quizá fue justamente esa sensación de cuidado, presencia y amor compartido la que abrió espacio para lo que vino después.

La tarde comenzó a hacerse más silenciosa, más cálida, más contemplativa. Y, casi naturalmente, apareció aquello que más nutre mi corazón: el canto.

Después de comer, mi hija y yo comenzamos a cantar juntas. Y, sin darnos mucha cuenta, surgió la idea de grabar una canción para dedicarla a todas las madres.

Mientras cantábamos, sentí muy presentes a todas las mujeres que nos habitan y nos anteceden.

He aquí nuestro regalo:

Que este poema y canto náhuatl les deje un calorcito permanente en el interior.

Guarda esta flor.
Guárdala en tu corazón.

Xiquiyehua in Xochitl . Voz: María Sofía Arenas Bustamante y Ainek Bustamante

Xiqui yehua in Xochitl

Xiqui yehua ipan noyólotl

Pampa ni mitz tlazotla

Pampa ni mitz tlazotla

Ica nuchi noyólotl

Guarda esta flor,

Guárdala en tu corazón.

Porque yo te amo,

Porque yo te amo,

Con todo mi corazón.


Mamá, cuando me abrazas siento valentía.

.~María Sofía – 7 años, primavera 2021

Y me despido con el corazón agradecido.

Abrazo cálido,

10 de mayo 2021

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La magia de los cuentos

Mamá, mamá, mira, la lluvia vino a sanar las heridas de los árboles.

.-María Sofía

Pienso que a nosotros también  .

Llegó la pascua 2021 y finalmente sentí que inició el año.

En mi pueblo el domingo 11 de abril empezó un incendio, se dice que ha sido el más fuerte y difícil que ha tenido, deseamos que no vuelva haber ningún otro.

Cuando surgen dificultades ¿de qué manera podemos apoyar? fue impactante la organización civil, la fuerza de la comunidad, el amor manifestado, amor a los cerros, a la fauna, a la flora, una tremenda experiencia llena de enseñanzas.

Se dice que los cuentos son curativos. Mi hija y yo todas estas noches evocábamos el agua, a la lluvia, leímos el cuento «La gotita de lluvia» de Joanna Gray. Desde el punto de vista de arteterapia y la antroposofía los cuentos son curativos, y esta vez me di cuenta que no solo cura a quien lo lee, a quien lo escucha, si no que, también, a quien se lo dedicas y nosotras leímos cada noche pensando en el bosque, así logramos encontrar consuelo.

María Sofia cantó una noche esta canción que surgió de su corazón:

Lluvia, lluvia cae por favor
Lluvia, lluvia cae otra vez
Lluvia, lluvia cae por favor
Lluvia, lluvia cae mucho más



Una plegaria sincera.

Muchos amigos coincidimos con una misma sensación, fuimos escuchados por el cielo, si, llovió y un gran alivio surgió dentro y fuera de nosotros.

Mamá, mamá, mira, la lluvia vino a sanar las heridas de los árboles .

.-María Sofia

La belleza de su mirar me enseña a ver.

A los niños hay que ayudarles a expresar sus emociones, y puedan lidiar con las circunstancias por las que estén pasando, ayudarles a transmutar aquellas sensaciones que no estén logrando digerir, nombrar, por ejemplo : la ansiedad, el miedo, la impotencia, el enojo, por el contrario, cuando logran encausar sus emociones, ellos se sienten útiles, incluso con su canto, consolando a su mascota, a un peluche, a un ser querido, experimentan de una manera tangible la fuerza del servicio.

A través del cuento, una expresión artística como la pintura, dependiendo la edad que tengan, si ya escriben, pueden escribir acerca de lo que sienten. Cantar, inventar una canción describiendo lo que les sucede. El juego es curativo.

Mi María nos hizo de barro

Para el quinto día el incendio ya estaba controlado pero parecía casi imposible que pudieran apagarlo, poco antes de caer la noche tronó el cielo y, finalmente llovió, en casa danzamos de gratitud, yo no recuerdo habernos emocionado tanto por la lluvia como en esta ocasión .

Mamá nuestro canto es mágico, segundos después, no, no, las cigarras son mágicas hoy no pararon de cantar.

.-María Sofia
Me quedo con mucho:
Gratitud
La mirada de mi hija, un alivio siempre.
La danza bajo la lluvia
La fuerza del canto
La fuerza de la plegaria
El trabajo organizado
La gente de este pueblo
Los guardianes de los cerros
El tejido comunitario
La organización civil
Trabajo por hacer
Trabajo por delante





 

Que siempre nos encuentren organizados. Organizados como vecinos, como barrios, colonias, pueblo, como país, como humanidad.

Ainek

19 de abril 2021

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Crianza

Siéntate todos los días a escribir o a hacer tu trabajo, en una de esas llegará la musa de la inspiración y te encontrará trabajando.

Anhelo escribir de tantas cosas, de música, de sueños, de experiencias, de percepciones, de la mañana, de poemas, de la crianza, ay, la crianza, veo pasar los años, los días, las horas, y volteo a ver el pasado, y ya pasó un año, y no he escrito prácticamente nada, el abandono ha sucedido.

¿Cómo pueden fluir las palabras?

Estos días de estar en casa, aquí hemos decidido sin externarlo, por unanimidad, que estos dos últimos días haríamos tareas de la casa, ayer, escombramos el librero de María Sofía, sacamos todo, lo hemos limpiado, y al colocar cada cosa, reconocía el tiempo en nosotras, los intereses nuevos, los juguetes que ya no usa.

Hoy como cada jueves desde que empezó la pandemia, me encuentro con unas amigas por videollamada, juntas estudiamos un libro, compartimos nuestros estados anímicos y sentimientos acerca de la lectura. Hoy les compartía mis sensaciones ultimas con respecto a la crianza, un duelo, un sentimiento de dejar crecer, de permitir ser al otro, y de permitirme ser. Esta sensación de cambio que lleva a la salud sincera.

Crece mi cría, mi pequeña ave, mi tierna hija, mi sol y luna, ella crece en colores, en ríos, en naturaleza. Hoy al cenar juntas extrañé sus preguntas legítimas y espontáneas ¿Por qué hablamos mamá? ¿Por qué existe la voz? ¿De dónde venimos? ¿Quién fue el primer humano? ¿De dónde surge el mundo? ¿A dónde vamos cuando morimos? Hace unos 6 meses atrás todavía me decía: Yo no quiero crecer porque no quiero morir. Extraño tanto sus preguntas recurrentes y ocurrentes.

Quisiera que no se de por vencida tan fácil, me encantaría que siga cuestionándose, que busque más, que cultive preguntar, que en esas respuestas encuentre magia, vida, calidez; el tiempo pasa y nosotras no hemos vuelto volar un papalote, tampoco hemos coleccionado flores de verano y con ellas hecho un cuaderno de hierbas, tampoco una corona con flores de verano…. ¡Cuánto nos falta por hacer!

El campo y sus flores

Veo pasar el tiempo y los años en mi, en ella, en mi mamá, mi mamá que cada vez ve menos con sus ojitos, miro como su piel cambia, así como mi hija no quería crecer porque no quería morir, quisiera que mi mamá me dure muchos años más, ¿Qué me hace falta hacer con mi mamá? ¿Jugar?¿Hacer un cuaderno de flores de verano? Bordar y coser ¿De qué llenamos la vida? ¿De qué llenamos los días? Ojalá sea de risas, de palabras cariñosas, silencios y cantos, volver a cantar, aprender canciones amables, de colores y sonidos de todo el mundo, un equipaje lleno de magia, y pócimas para el buen vivir, la manzanilla que calme la inflamación y el malestar de los pensamientos innecesarios, el jazmín para el corazón decepcionado, las rosas para recobrar la certeza, el tomillo para la garganta cerrada, la lavanda para el buen dormir, y así los recuerdos de doña Vicenta, su risa tierna y picara, de mi abuela querida doña Juana con su dulce ver y pensar, mis mujeres antiguas, que brotan en mis sentimientos y me llenan de sentido, estas aguas transparentes que lavan mi interior cada vez que surgen.

La crianza no podría ponerme en mejor lugar tildando siempre entre una pregunta y el corazón, entre la búsqueda y el hoy, entre el presente y la fuerza del futuro, la crianza que me cría también, la crianza que me abraza y endulza y educa, la crianza que es un camino en si mismo.

Estos días me preguntaba acerca de la pasión, ¿Qué me apasiona? Tantas cosas me gustan, coser, diseñar, cantar, dar clases, enseñar, escribir, pero en este mundo y la sociedad nos invita todo el tiempo a ser productivos ¿La pasión y la producción pueden combinarse? Y es cuando dos ideas llegan, tienes que ser muy bueno para dedicarte a ello, sin embargo llega al rescate la idea, siéntate a trabajar en ello y tal vez llegará la musa de la inspiración mientras lo esté haciendo. Hoy me quedo con la última, escribo, cocino, canto, doy clases, trabajo, emprendo, y en el día a día llegará la inspiración, estoy segura, que esa ave blanca azulada estará visitándome cuando menos me lo imagine, seguro que no me daré cuenta, pero me visitará mientras este trabajando y laborando en este mundo. El tiempo pasa, tengo cerca a mi papá, a mi papá que amo tanto.

¿Ustedes de qué llenan sus vidas?

Ainek

9 de abril 2021

Hilos de Estrellas

Hay cosas que una guarda sin saber por qué.

El primer trazo.
El primer dibujo.
Un papel doblado que parece pequeño, pero que contiene un mundo.

Mi hija tenía cuatro años cuando dibujó esas estrellas.
Su mano apenas dominaba el lápiz. El trazo era suave, breve, a veces irregular.
Pero en él había algo intacto: una mirada sin juicio.

Siempre he seguido su trazo.
Lo hice desde que pudo sostener un lápiz por primera vez.
Guardé sus dibujos porque me gustaban, porque quería que un día pudiera mirarse en ellos y reconocerse en el tiempo.

No sabía que años después volvería a ellos desde otro lugar.

Crecí en una familia donde el arte era parte del cotidiano: mi papá pintor, mi mamá y mi abuela materna entre telas e hilos.
Para mí, crear siempre fue lenguaje y refugio.
Pero fue la maternidad la que transformó ese lenguaje en algo más profundo.

Hilos de Estrellas nace ahí.

No como una estrategia.
No como una tendencia.
Sino como un gesto de cuidado.

La idea de bordar esos dibujos surgió mientras escribía en este espacio, reflexionando sobre la crianza, sobre el tiempo, sobre lo que significa acompañar el crecimiento de una hija.
Comprendí que la maternidad también es conservar memoria.
También es decir: “Tu trazo importa.”

Pasar ese dibujo al hilo fue una decisión consciente.
Fue sentarme con paciencia frente a la tela y dialogar con esa niña de cuatro años que ya no es la misma, pero que sigue habitando en ella.

El tiempo rápido de la infancia se volvió tiempo lento de puntada.
Lo efímero se volvió textil.
Lo que parecía un dibujo más se transformó en vínculo.

Bordar es conservar, sí.
Pero también es honrar.

Honrar su imaginación.
Honrar la voz de la infancia.
Honrar mi propio camino como madre.

Porque maternar no es solo criar.
Es observar.
Es guardar.
Es sostener sin invadir.
Es confiar en que lo que hoy parece pequeño, un día revelará su sentido.

Estaba participando en una infancia resignificada.
En una memoria que no se deja atrás, sino que se transforma.

Así surgió esta colección pequeña e íntima.
Como un oficio que acompaña mi cotidiano.
Como una forma de honrar el trazo de mi hija y el mío propio.

No sé aún hasta dónde viajarán estas piezas.
Pero sé que ya cumplieron algo esencial:
hacer visible lo que parecía pequeño.

El último domingo de marzo abriré esta puerta con calma.
Será la apertura íntima de mi taller,
a media mañana,
como quien invita a entrar a su casa sin prisa.

Hilos de Estrellas nace así:
desde la maternidad,
desde el arte,
desde el tiempo.

— Ainek

Gracias 2025. Bienvenido 2026

12 meses, 365 días, 52 semanas.
12 intenciones.
13 lunas nuevas, 12 lunas llenas, 2 eclipses.
4 estaciones que se suceden en silencio: invierno, primavera, verano y otoño.

Mi abuela paterna se fue una mañana temprano, un lunes de enero, el 20 para ser exactos. Ese día, un silencio profundo e inmenso lo cubrió todo, entre lo abrumador y lo compasivo.

Así comenzó mi 2025.

Nos preparábamos para ir a la primera entrevista en busca de secundaria para mi hija cuando recibimos la noticia.

Desde entonces, el año pareció avanzar con una velocidad extraña, entre lo cotidiano y lo profundo.

El 2025 pasó en un suspiro.

Y aquí estamos, en el último día de diciembre, intentando escribir los propósitos para el año que comienza: 2026.

Hubo tantos acontecimientos este año que sería imposible nombrarlos todos.

Sin embargo, cuando intento mirar lo esencial, todo parece reunirse en la gratitud:
los aprendizajes y los desafíos,
los aromas y los sentidos,
los atardeceres y los amaneceres,
el frío y el hogar,
la amistad y los sueños,
lo realizado y lo apenas iniciado,
lo hablado y lo no dicho,
los tejidos finos de la vida cotidiana,
los maestros y alumnos,
las comadres y compadres,
los nuevos amigos,
lo antiguo y lo siempre presente:
las raíces.

Este año no trajo tantos viajes, pero sí una profunda fortaleza, alquimia y transformación.

Gracias, 2025.

Y quizá justamente por todo lo vivido, al acercarse el cierre del año no sentí deseos de escribir grandes propósitos ni metas monumentales. Más bien apareció la necesidad de volver a lo simple: pequeños gestos capaces de sostener y transformar la vida cotidiana.

De ese sentir nace este pequeño gesto:
doce intenciones para el año que comienza.

Un recorrido inspirado en el adviento del tiempo, en lo que se va y en lo que llega, en lo que se transforma y en lo que permanece.

Un deseo simple:
un nuevo año,
un buen futuro,
la fuerza del futuro.

Intenciones

Enero
Abrir el año con abrazos largos en casa. El invierno invita al abrigo, y el cuerpo recuerda el lenguaje del calor.

Febrero
Habitar lo cotidiano con una sonrisa.

Marzo
Mirar a cada persona con la intención de encontrar lo bueno en su presente.

Abril
Elegir la pausa antes del conflicto. Hablar con suavidad, buscando palabras que unan.

Mayo
Rezar por las madres del mundo, especialmente por aquellas que sostienen y nutren.

Junio
Antes de comer, agradecer la tierra, el agua, el sol, los colores, los aromas, los sabores y a quienes hicieron posible cada alimento.

Julio
Ayudar con amor. Preguntarse en casa o en la escuela: “¿En qué puedo ayudar?”, y hacerlo desde el corazón.

Agosto
Acompañar. Sentarse al lado de quien lo necesite, compartir presencia, juego o silencio.

Septiembre
La ayuda silenciosa: una acción sin testigos, un gesto que no busca ser visto.

Octubre
Cinco minutos de escucha real a alguien de casa o de la escuela.

Noviembre
Regalar palabras bonitas a quienes habitan el hogar.

Diciembre
Poner la mesa con conciencia. Ordenar con calma un pequeño espacio —una caja, un librero, la ropa— como si se ordenara el interior del alma. Prepararse, en ese gesto, para el adviento del nuevo ciclo.

Y así, casi sin darnos cuenta, otro año termina.

Uno más entre tantos ciclos que llegan, transforman y continúan su camino.

Que este nuevo año llegue con paz y suavidad.

Que recuerdes que hay amor que te sostiene, te admira y te acompaña.

Que tus anhelos más profundos encuentren forma en lo simple y en la gracia.

Feliz Año Nuevo.

Con amor,
Ainek

Estos tiempos

Nunca me he guiado por si un título de un texto tendrá más éxito que otro…

A veces la inspiración no se rige en ello. Sin embargo, es importante para el que escribe que lo lean. En las estadísticas de este blog que llegan por día, por semana, por mes… aparece que la entrada a la que más entran es Xiquiyehua (Guarda esta flor). Estoy segura de que entran de casualidad. En realidad, es el nombre de un poema mexica. No tengo claro si es del gran emperador poeta Nezahualcóyotl. De este poema se han hecho muchas canciones y melodías. Yo le puse este nombre a esa entrada por una razón. La escogí porque grabé esa canción con mi hija. Esto fue por el Día de las Madres. Por cierto, qué bien que lo hice. Ahora lo revaloro por dos razones principales. La primera, porque grabé su voz en ese entonces, su tono de voz único para su edad. Ahora tiene casi 12 años y ha ido cambiando su forma de hablar. La segunda, porque cantamos juntas, algo que por su edad preadolescente no sé si volvamos a hacer. En fin, grabamos esa tarde de 10 mayo 2021 en México, día de las madres… así en ese entonces celebré y compartí en una entrada de este blog.

Los que saben de escritura dicen que cualquier escrito debe llevar un título que llame la atención. La IA también lo sugiere. Sin embargo, mis escritos, aunque son para compartir, son así sin una pretensión. Cada vez me doy cuenta de que así me gusta; de pronto casi anónima. Los títulos no son nada llamativos y el algoritmo no lo localiza con facilidad ni resalta.

Estos tiempos donde todo va muy rápido. Cientos de cosas pasan en un mismo día. En la parte creativa a veces el tiempo es mucho más lento. Volver a este espacio me da paz, crear, no ir tan rápido, pero crear. El tiempo pasa y se percibe desde otra trinchera. Ojalá nos demos más espacio para crear en lo individual, en conjunto…

Apoyemos lo creativo en nuestros hijos, en lo propio, en lo comunitario. El tiempo se genera distinto, se percibe desde otro ángulo. Puede ser que el tiempo así no pase tan rápido…

Le agradezco a esta canción tan icónica. Ella ayuda a que más lectores o curiosos lean La danza de la vida.

¿Ustedes qué opinan, los textos traen sus propios nombres, aunque no sean tan llamativos para los que andan en internet?

De antemano gracias por leer.

Cariños, Ainek

El alma

En noviembre tuve la fortuna de viajar a tierras tainas, a República Dominicana.

Visité a mi familia, amigos de la infancia y playas hermosas.

Cuantos recuerdos llegaron a mi vida, el olor, las caminatas por la zona colonial.

Tenia 10 años sin volver a mi otro pedazo de tierra donde me vió crecer.

Ver a mis primos, los hijos de mis primos.

La calidez de los demás, el trazo del tiempo en cada uno,

Tantas cosas han cambiado y al mismo tiempo todo sigue igual.

Y en un cerrar de ojos ya estamos en marzo de 2025. Estamos a punto de comenzar la semana santa y mi hija está a nada de graduarse de la primaria.

¡Cuántos acontecimientos surgen en nuestras vidas! Hoy, para recordarme el paso del tiempo, encontré una fotografía de su graduación del preescolar. Ahora, vamos camino hacia otra.

Corre tan rápido la vida. Lleva un ritmo que intento estar a la altura de ella.

Me llena el alma ver crecer a mi hija y con ella a todos sus amigos. Cuanta hermandad llevan en ellos, son sus hermanos del corazón.

No es que no me guste que crezcan. De hecho, me encanta. Me encanta cómo hablan, qué piensan, su creatividad y belleza crean. Es que crecer duele. También nos transforma. Mientras reflexiono sobre este tema, las palabras que surgen son: conexión y vinculación. Me doy cuenta de que mientras transitamos por cambios más necesitamos vincularnos y conexión verdadera.

En medio de esta abrumadora sensibilidad, conocí a María, consultora de feng shui. Ella es un ser realmente hermoso. Platicar con ella me conectó a agradecer la vida y mi vida. Llegó como un ángel en el momento propicio. Es cuando me doy cuenta de que esta vida es para abrazarse con todo el ser.

El hogar, los viajes, la crianza, la profesión, la amistad, el futuro, la vida en un parpadeo, en un corazón…

Las escrituras védicas mencionan que, en nuestro rezo diario, no debemos olvidar hacernos la pregunta ¿Quién soy? ¿Para qué nací? ¿De qué está hecho este mundo?

A veces las respuestas llegan de maneras inimaginables.

Para mí escribir siempre es una manera de recordar lo importante. Lo cotidiano es un arte.

En esta primavera, brotan las flores y nace la vida. De igual forma, broten nuevos anhelos en cada uno. Que florezca lo cultivado en el invierno. Con la misma fuerza con la que el reino vegetal florece y se alza hacia el cielo.

Con amor,

Ainek

Regresar. To return. Voltar. Revenir

Está por terminar el verano en el hemisferio norte del planeta. Los países del centro, este y sur del continente europeo seguramente han vivenciado el calor del verano.

Entre más cerca estes de los polos, más se experimenta los extremos.

Aquí en México y particularmente en donde yo me encuentro es más templado.

Y aun así el verano se siente dominante.

En la selva baja se espera con mucha esperanza la lluvia. Este año podría decir que la esperábamos casi con desesperación. Finalmente llegó, hemos tenido tormentas eléctricas, días y noches enteros de lluvia. 

El calor disminuyó. Los bosques reverdecieron. El campo se llenó de hierba. Las plantas medicinales resurgieron. La milpa se sembró. Las vacas tomaron agua suficiente.

La vida retoñó.

Las pozas y los ríos se llenaron.

Agradecimos la vida.

En el pueblo todos hablábamos de lo bueno de que al fin llovió. Los primeros días con quien me encontraba, no paramos de compartir esta alegría.

Incluso, este verano me anime a sembrar nuestros elotes con la esperanza de cosechar en el otoño y hacer la elotada de San Miguel con los elotes cosechados.

Así que, entre la siembra, la lluvia y la esperanza se está terminando el verano. Llena de asombro: de lo poderosa que es el agua del cielo. Llena de ilusión de los siguientes últimos meses del 2024.

Con los pies en el último año de la  primaria, mi hija reinicia su ciclo escolar.

Regresar a escribir después de una larga pausa no ha sido sencillo. No sabía por dónde empezar. Me preguntaba: ¿con cuál tema retomar?, ¿daré una explicación de mi larga pausa? 

No fue necesario seguir buscando. Finalmente, la palabra que me da vueltas en los últimos días es “regresar “. Regresar a la escuela, regresar a escribir, regresar a lo sagrado. Y es una palabra que todos conocemos. La experimentamos con frecuencia. En estos días, todos de alguna manera la vivenciamos en un área de nuestra vida, de nuestro ser. Siempre regresamos a algo.

Muchas veces regresar es empezar. Regresar es continuar, regresar es iniciar.

Esa palabra poco a poco va tornándose en continuar. El tiempo es así: lineal y no lineal. Una hora va a la otra, pero los acontecimientos son diferentes. Las cosechas llevan su proceso y su tiempo. El procesamiento interno lleva otro.

Así que, aquí estoy continuando en este espacio para quienes quieran leer, compartir, interactuar. A través de este blog de crianza y maternidad y, de mi pequeño universo.

Deseando un feliz retorno. Continúa hacia ti y tus sueños. Sigue tu corazón y tu trabajo. Prosigue en la escuela y en tu labor. Avanza en lo que hagas.

Finalmente, me di cuenta de que retorno a lo que no he dejado de hacer, retornar a lo sagrado.

Me siento muy ilusionada de volver, tan parecida la sensación de cuando empecé el blog.

Sentirse en casa es una buena sensación. Sentir la sensación de un lugar seguro. 

¿Identificas cuál es tu lugar seguro, tu persona segura?

Besos, abrazos y cariños a todos,

Ainek

Lavanda y abejas

Música y meditación

La música es un universo inmenso.

Y, en estos tiempos, hablar de meditación se ha vuelto algo cada vez más cotidiano, menos abstracto.

Durante mucho tiempo pensé que ambas prácticas habitaban lugares distintos dentro de mi vida. Sin embargo, con los años, he comenzado a sentir que se parecen mucho más de lo que imaginaba.

Desde pequeña me gusta cantar, tocar instrumentos, bailar y expresarme a través del arte, a pesar de considerarme una persona tímida. Durante mucho tiempo pensé que ambas cosas se contraponían. Ahora creo que los opuestos conviven naturalmente dentro del ser humano y que gran parte de la vida consiste justamente en aprender a habitarlos.

Mantener ese equilibrio es un arte cotidiano.

Cuando entré de lleno a estudiar música, el piano se convirtió en una especie de oasis. Un espacio donde mi mente podía experimentar una serenidad difícil de encontrar en otros momentos del día.

Mucho tiempo después, cuando conocí la meditación, reconocí esa misma sensación.

Entonces comprendí algo importante:
de alguna manera, tocar el piano ya había sido para mí una forma de meditar.

No porque ambas prácticas sean idénticas, sino porque las dos requieren presencia, atención y una profunda conexión con uno mismo.

Tocar un instrumento exige escuchar.

Escuchar el sonido.
Escuchar el silencio.
Escuchar el cuerpo.
Escuchar la respiración.

Y quizá también escucharse interiormente.

Mucho antes de que la atención plena se popularizara bajo el nombre de mindfulness, yo ya experimentaba algo parecido mientras estudiaba piano durante horas. Era una concentración activa y serena al mismo tiempo.

Hace poco tomé una clase magistral con una pianista española enfocada en la ejecución musical en público. Aunque estaba dirigida a pianistas, sentí que mucho de lo que compartió podía aplicarse a cualquier disciplina artística e incluso a la vida cotidiana.

Uno de los temas que abordó fue el miedo escénico:
el lobo que acecha silenciosamente a muchos intérpretes.

Me impresionó escucharla hablar de ello con tanta naturalidad.

Porque detrás del miedo escénico también está el sistema nervioso:
ese puente invisible que nos permite sentir, percibir, emocionarnos y expresarnos.

Durante mucho tiempo pensé que mi sensibilidad y mi sistema nervioso eran algo que debía corregir o controlar.

Sin embargo, escuchar esta clase me hizo comprender algo distinto:
gracias al sistema nervioso también podemos conmovernos profundamente con la música, interpretar una obra y conectar con otros seres humanos.

La sensibilidad no es el problema.

De hecho, gran parte de la experiencia artística existe gracias a ella.

El desafío quizá está en aprender a acompañarla.

Porque cuando el sistema nervioso vive en alerta constante, algo dentro de nosotros comienza a desconectarse. La respiración cambia, el cuerpo se endurece y aquello que antes fluía naturalmente empieza a sentirse lejano.

Y justamente tocar, cantar o expresarse requiere conexión.

Por eso me pareció tan revelador escuchar a esta maestra compartir herramientas concretas para cuidar el sistema nervioso: el entrenamiento y la meditación.

A decir verdad, me sorprendió escuchar la palabra meditación dentro de una clase magistral de música.

Y, al mismo tiempo, tuvo completamente sentido.

La meditación ayuda a regresar al presente. A crear un espacio interior más despejado y disponible. Como si antes de comenzar una acción barriéramos suavemente el ruido acumulado dentro de nosotros.

Con el tiempo he comprendido que la música también puede hacer algo parecido.

En ambas prácticas hay respiración.
Hay escucha.
Hay silencios.
Hay atención.

Y quizá por eso se complementan tan profundamente.

Cambiar el estado del sistema nervioso requiere tiempo, práctica y repetición. No sucede de un día para otro. Pero sí creo que puede educarse hacia una experiencia más amable de la sensibilidad.

Incluso los nervios pueden transformarse.

La emoción que antes paralizaba también puede convertirse en presencia, energía y vitalidad para la obra.

Hace algunos años jamás habría pensado esto.

Ahora lo observo con más ternura.

Y quizá por eso siento cada vez más urgente cultivar prácticas cotidianas que ayuden a sostener el bienestar anímico, mental, físico y espiritual, especialmente en adultos que cuidan y acompañan a otros.

Pienso particularmente en las mujeres que maternan prácticamente solas. El cansancio muchas veces es profundo y silencioso.

No solo nos nutrimos de alimento o descanso.
También necesitamos experiencias que devuelvan calma, belleza y sentido al alma.

A veces eso puede llegar a través de algo tan simple como respirar conscientemente unos minutos, meditar, cantar o tocar un instrumento.

Antes de terminar, quisiera dejar aquí un ejercicio muy sencillo:

Cierra los ojos.
Lleva la atención a la respiración.
Aunque aparezcan pensamientos, ruido o distracciones, vuelve suavemente al aire entrando y saliendo del cuerpo.
Hazlo una y otra vez.
Sin exigencia.
Sin prisa.

Y cuando te sientas listo, abre los ojos nuevamente.

Quizá descubras que el silencio también tiene música.

Para concluir, les comparto este video de hace algunos años. Es un concierto íntimo que ofrecimos Yayo y yo a familiares y amigos. La pieza se llama Amarilli, un madrigal del siglo XVI.

Con amor,

Ainek

Anhelos que son propósitos

Cada principio de año algo en nosotros vuelve a preguntarse hacia dónde quiere caminar.

A veces lo llamamos propósitos.
Otras veces son deseos silenciosos que apenas comienzan a tomar forma en el interior.

No siempre es fácil distinguir unos de otros.

¿Cómo diferenciar los buenos deseos de un propósito?
¿Será que nacen de lugares distintos dentro de nosotros?
¿Qué impulsa a uno y alimenta al otro?

Hay anhelos que nacen desde la exigencia y terminan pesando como piedras. Pero también existen deseos que aparecen desde un lugar más profundo y verdadero; esos que, en vez de imponerse, orientan suavemente el camino.

Pienso que los propósitos más valiosos son aquellos que logran convertirse en una forma cotidiana de habitar la vida.

Por eso este año no quise escribir metas.
Quise escribir dirección interior.

Y quise compartir algunos de estos deseos contigo, esperando que quizá alguno también llegue hasta tu corazón como un regalo.

Y quizá, en el fondo, todos estos anhelos tienen relación con algo muy sencillo: volver a mirar con más atención la vida cotidiana y aquello que sucede en lo sutil.

Antes de despedirme, quiero compartirte una pequeña anécdota con don Pedro, quien ahora nos acompaña ayudándonos en el jardín.

Estoy profundamente agradecida por su presencia en este tiempo.

El último día del año, mientras esperábamos que se llenara una pila de agua en el jardín, mi hija, don Pedro y yo observábamos el cielo al atardecer.

Una estrella muy brillante apareció al suroeste y poco a poco comenzó a ocultarse detrás de la montaña mientras llegaba la noche.

Entonces don Pedro me preguntó si conocía las cabañuelas.

Me contó que su abuelo le enseñó a observar el cielo para comprender el tiempo venidero. Dijo que, si uno mira con atención, puede ver cómo el año viejo comienza a despedirse y cómo el nuevo entra lentamente durante las primeras horas de enero.

Habló de una bruma que aparece al inicio del año.
De cómo poco a poco el cielo se despeja.
Y de cómo las estrellas vuelven a mostrarse.

Mientras lo escuchaba pensé que quizá los años también se parecen a eso:
una transición silenciosa entre lo que se va y lo que apenas comienza a revelarse.

Por más conversaciones sencillas y sabias.

Por más tiempo para observar la naturaleza.

Por más espacios donde todavía podamos mirar el cielo y escuchar lo que sucede en lo sutil.

Cariños,

Ainek

Camino al andar

Este tiempo... 

Tengo tanto que contarles que no sé por dónde empezar. Y aunque esto a veces me abruma un poco, también me gusta, porque significa que tengo mucho que escribir. Estoy llena de sensaciones, imágenes y experiencias. Gran parte de mi escritura nace justamente de esta vivencia anímica.

En estos días no he dejado de recapitular ciertos momentos.

Este septiembre de 2022 estuvo lleno de fechas importantes en mi vida. Y mientras más lo pienso, más siento que todas se fueron entrelazando entre sí, como si formaran parte de un mismo tejido.

Inició el ciclo escolar de mi hija. Este año ha sido muy especial dentro de su biografía de vida. Mi María asiste a una escuela con pedagogía Montessori y este ciclo pasó a taller 2, a primaria mayor. Poco a poco comienza una etapa donde la fuerza intelectual despierta con más intensidad y empieza a tomar otro lugar en su desarrollo.

Y aunque cada infancia es distinta, me conmueve profundamente observar cómo las etapas van trayendo nuevas fuerzas formativas. Nuevas maneras de mirar el mundo, de pensar, de relacionarse y de habitar la vida cotidiana.

De alguna forma, en casa también comenzamos un nuevo ciclo.

También fue el cumpleaños de dos de mis grandes amores: mi hija y mi mamá.

Lo más hermoso de este pastel es que lo hicimos en casa. Por primera vez en nueve años nos atrevimos a hacer solas un pastel tan grande. María Sofía quiso un pastel de elote.

Desde joven he sentido que el elote guarda algo profundamente familiar y ancestral. En la cultura mexicana ocupa un lugar muy especial; a mí me conecta inmediatamente con la tierra, con la siembra y con la dulzura de las cosechas compartidas.

Curiosamente, este año el cumpleaños de mi María coincidió con Pitrupaksha, una tradición de la India dedicada a honrar a maestros y ancestros, la cual acompaña desde hace tiempo mi camino de meditación.

Y fue muy especial sentir cómo ambas celebraciones parecían encontrarse.

El elote, cosechado en septiembre.
Los ancestros.
La dulzura.
La gratitud.
La celebración de la vida.

Todo comenzó a entrelazarse de manera muy natural.

Quizás por eso esta celebración también se sintió distinta. Después de tanto tiempo de mayor resguardo e intimidad tras la pandemia, abrir nuevamente la casa, compartir la mesa, cocinar, reír y celebrar juntos tuvo algo profundamente conmovedor.

Desayuno con muchas sorpresas a abuela Minerva en su cumpleaños

En esos días también llegó el equinoccio de otoño.

A lo largo de mi vida he procurado celebrar los cambios de estación. Y desde que nació mi María, hacerlo juntas se ha vuelto aún más significativo.

Con el tiempo he comprendido que observar la naturaleza no solo embellece la vida; también ordena interiormente.

En la crianza, celebrar las estaciones ha sido una manera de marcar el ritmo del tiempo. Una forma de acompañar los procesos humanos desde los movimientos de la propia naturaleza.

Y quizás por eso ahora me cuesta menos pelearme con el clima, con las transiciones o con ciertos cambios inevitables. Poco a poco he ido descubriendo la belleza y los regalos anímicos que trae cada estación.

El otoño siempre me recuerda la importancia de la cosecha.

No solo la de la tierra, sino también la interior.

(Equinoccio y cumpleaños de mi María).

Pocos días después llegó la celebración de San Miguel Arcángel. Aquí, en el pueblo donde vivimos, esta fecha coincide con la cosecha del elote y las familias suelen reunirse en las milpas para compartir los frutos de la siembra.

Muchas de ellas sembraron juntas meses atrás. Cuidaron la tierra, esperaron la lluvia, protegieron el maíz y finalmente celebran la cosecha compartiendo los alimentos alrededor del fuego y la conversación.

Hay algo profundamente humano en cosechar juntos.

Este año nosotros no sembramos maíz, pero de alguna manera también sentimos la cosecha en el corazón.

Siempre es una alegría comer elote tierno. El cacahuazintle, particularmente, me parece un regalo: dulce, suave y profundamente vivo.

En medio de tantos acontecimientos también nos visitó mi compadre. Hacía varios meses que no lo veíamos. Llegó un día antes de la cosecha, mientras todo comenzaba a prepararse.

Junto con él, mi María y la abuela Minerva hicimos cruces de pericón.

Se dice que estas cruces cuidan los hogares durante todo el año. Protegen de aquello que no nos hace bien y resguardan la dulzura de la cosecha.

Mientras los elotes se cocían, nosotras hacíamos cruces y contábamos chistes sin parar. Reíamos tanto que por momentos parecía que la alegría se expandía sola dentro de la casa.

Nuestra cosecha comenzó incluso días antes.

Porque la vida no es lineal.

Muchas veces los frutos empiezan a aparecer silenciosamente antes de que logremos nombrarlos.

Las fechas, quizás, son solamente una brújula.

Y entonces comprendí nuevamente cómo todo se contagia.

La alegría también se contagia.

Particularmente, este día de San Miguel me recordó algo importante.

Navegar entre simpatías y antipatías es parte de la vida humana.

Convivir también implica discernir.

No siempre resonamos con todo ni con todos. Y, sin embargo, convivir nos transforma constantemente. La vida comunitaria, familiar y humana nos confronta, nos suaviza y también nos enseña.

Mientras observaba toda esta celebración —las familias reunidas, los niños corriendo, la cosecha compartida, las conversaciones y las risas— pensaba en cómo toda convivencia humana tiene una dimensión profundamente anímica.

A veces sentimos cercanía inmediata.
Otras veces aparece distancia, incomodidad o cansancio.

Y quizás parte del aprendizaje humano consiste justamente en atravesar esas fuerzas sin endurecer el corazón.

Porque algo mucho más profundo sostiene verdaderamente el giro de la vida humana.

El yo interior.

Ese misterio silencioso que habita más allá de nuestras simpatías y antipatías momentáneas.

El cansancio es parte de la vida.

Sin embargo, muchas veces me pregunto:
¿qué sería de mí sin la voluntad para levantarme al amanecer?

¿Cómo comenzaría el día?

Es verdad.
A veces la tristeza llega y parece querer quedarse demasiado tiempo.

¿Qué sería de mí si la voluntad no me impulsara a continuar creando a través de una tarta, un canto, un dibujo o una comida compartida?

Pienso mucho en esto últimamente.

En cómo existe una fuerza interior que continúa caminando incluso en medio del cansancio, de los cambios y de las incertidumbres.

Ese espíritu —misterio profundamente alquímico— habita dentro de nosotros.

Y quizás es justamente esa fuerza la que permite discernir más allá de las emociones pasajeras.

Más allá de las simpatías y antipatías que naturalmente aparecen en la convivencia humana.

Así llegó este otoño:
con vientos suaves y fuertes,
removiendo criterios endurecidos,
limpiando lo antiguo,
abriendo espacio para algo nuevo.

Los campesinos cosechan sus frutos.

Y de cierta forma, todos cosechamos.

La vida parece estar hecha de eso:
sembrar,
cuidar,
esperar,
transformar
y finalmente cosechar.

Entonces me pregunto:

¿Con quién compartimos nuestros frutos?

¿Con quién labramos nuestra vida?

Que este otoño sea inmensamente vasto en tu interior.

Que esté lleno de aquello que la vida tiene para entregarte.

Confía.

Abrazos y cariños,

Ainek

Infancia sagrada

Tengo muchos defectos y uno de ellos son los «hubieras».

Por ejemplo, unos días después de la celebración de mi boda, me descubrí recapitulando todo lo que había pasado. Me contaron anécdotas de las que ni siquiera me di cuenta y aparecieron un sinfín de pensamientos alrededor de ese día.

La verdad es que viví una boda muy bonita. Estuvo llena de belleza y fue profundamente entrañable. Estuvimos rodeados de personas muy queridas y significativas para nosotros.

Aun así, algún «hubiera» encontró espacio dentro de mí.

Con el tiempo comprendí que los hubieras también me ayudan a mirar lo vivido desde distintos ángulos. A revisar, aprender y descubrir aquello que quizá pueda cuidar o mejorar más adelante.

Tal vez por eso me conmueve tanto volver a mirar ciertos momentos de la vida.

En verano, y especialmente durante las vacaciones, una de las actividades favoritas en nuestra familia es ver fotografías.

Y adivinen para quién es todavía más importante verlas…

Sí, le atinaron: para mi pequeña salta montes.

En estas vacaciones un día vemos fotos y, si me descuido, al día siguiente también.

Últimamente he estado observando el impacto tan profundo que tienen estas imágenes.

Nos vemos y nos escuchamos dos, tres o incluso cinco años atrás. Y mientras miramos esos instantes, algo de nosotros vuelve a reconstruirse. Partes que parecían olvidadas regresan suavemente.

Las fotografías guardan mucho más que recuerdos.

Guardan sensaciones.

Si alguien me pidiera un consejo, le diría: toma todas las fotos que quieras. Hazlo junto a tus hijos y también de ellos. Captura tus instantes favoritos, esos destellos solares y los momentos sencillos que después parecen volverse enormes.

Pero, sobre todo, deja a un lado por un momento el peso de los deberes y de los quehaceres.

Juega.

Juega a lo que sea:
a las escondidillas,
a bailar,
a contar chistes,
a inventar historias,
a hacer una obra de teatro,
a cocinar juntos.

Estoy segura de que será inolvidable para ti.

Pero, sobre todo, para ellos.

Porque estamos hechos de sensaciones.

Y quizá muchas veces la infancia se construye justamente ahí: en esos pequeños momentos donde alguien nos miró con alegría, nos escuchó con atención o simplemente jugó con nosotros.

Yo apenas tengo 43 años y ya he empezado a olvidar algunos detalles de mi propia niñez.

Por eso hoy rezo para que mi mirada hacia mi hija sea dulce.

No quiero que sea una mirada dura.

Porque esa mirada, poco a poco, moldea su autopercepción. De algún modo la acompaña a descubrir quién es.

Y mientras escribo esto, también pienso que maternar a nuestros hijos muchas veces nos lleva a volver a maternarnos a nosotras mismas.

Quizá por eso tantas cosas de la infancia vuelven a abrirse cuando acompañamos a un niño.

En la maternidad y la paternidad nos unen muchos desafíos:
miedos, incertidumbres, preguntas, cansancio.

Pero también certezas y pequeños hilos invisibles en los que coincidimos.

Y honestamente, saberme acompañada por otras madres y padres me reconforta muchísimo.

A pesar de nuestros errores y defectos, deseo que nunca falten la risa, el juego y las sensaciones agradables dentro de nuestras casas.

Al final, quizá somos eso:
mamás perfectamente imperfectas intentando ofrecer presencia antes que perfección.

Todavía quedan algunos días de verano y de lluvia —al menos de este lado del hemisferio norte— y pensé que sería bonito compartir algunas ideas sencillas para habitar estos días junto a nuestros peques.

No como tareas por cumplir, sino como pequeños rituales para crear recuerdos vivos.

  1. Hacer un picnic al aire libre.
  2. Inventar una obra de teatro familiar e invitar a algún amigo o amiga a participar.
  3. Preparar pasta, galletas o un pastel juntos.
  4. Escuchar música, bailar, detenerla de pronto y quedarse congelados antes de volver a empezar.
  5. Compartir canciones favoritas y aprender juntos una nueva.
  6. Y si quieres… continúa esta lista.
    Hagámosla tan larga y creativa como los días que quedan de verano.

Quizá algún día ellos también recuerden estos pequeños momentos y algo cálido vuelva a encenderse dentro de sí.

Cariños,

Ainek

Caminando

¿Cuál es mi regalo para el mundo?

Muchas personas celebran Pentecostés. En casi todo el mundo se celebra la noche de san Juan. Ambos aconteceres sucedieron este año en el mes de junio. A raíz de Pentecostés en mi grupo de estudio de antroposofía, que se lleva a cabo cada lunes, nos hicimos la siguiente pregunta: ¿Cuál es mi regalo al mundo?

Por qué esta pregunta: ¿Cuál es mi regalo al mundo? Bien, esta celebración nos invita a reflexionar en nuestras cualidades, aquellas que reconocemos fácilmente. También nos invita a reflexionar sobre aquellas cualidades que están ocultas para nosotros. y que el encuentro con el otro nos ayuda a descubrirlas. Esta celebración reivindica la fuerza de la comunidad.

Esta pregunta es muy poderosa. Cambia la perspectiva de uno mismo. También cambia la del otro y nuestra relación con el mundo y la naturaleza.

Como seres humanos tenemos dos naturalezas: el olvido y la conciencia. Y para lograr más conciencia los ciclos nos ayudan, reincidir en ellos, evoca el reconocimiento.

Pentecostés coloca al centro ¿Quién soy? ¿Para que nací? ¿Cuál es mi regalo al mundo? ¿Qué don y cualidad tengo para dar?

Puede ser que a mis 42 años aun no lo haya descubierto. O quizás sí. Lo que quiero compartirles es que tan solo al hacer esta reflexión me permite interactuar con una actitud más responsable hacia el mundo y la vida. También me vuelve más activa en el tejido social.

Les comparto una técnica de contemplación que me ha servido a lo largo de los años:

Prepara un espacio en dónde te sientas cómoda (o). Siéntate. Cierra los ojos. concéntrate en la respiración. Has la pregunta. Medita en silencio. Puedes observar lo que sucede en tu mente. También puedes escuchar lo que sucede mientras respiras y pasa a tu alrededor.

La respuesta acerca de la pregunta no necesariamente llega en ese momento. De hecho, casi nunca llega enseguida. Sin embargo, es una manera de sembrar suavemente y muy profundo esta pregunta. El alma, el corazón son capaces de responder de una forma y de mil maneras que nutren la respuesta.

Ubicarme con respecto a dar, y no solo que el mundo me dé. Me coloca en un lugar de más abundancia, generosidad, autonomía y soberanía. Poder dar un regalo al mundo, un don al mundo, algo único, hace que cambie la perspectiva. Incluso cambia cómo habito mi cuerpo, mi casa y el mundo.

Incluso en el día cotidiano: llegar a un lugar, a un encuentro, o a una relación. Preguntar ¿Qué se necesita? ¿Qué puedo dar?

Esta dinámica se puede hacer con nuestros hijos en cualquier momento del año. Por ejemplo, ahora que llegó el verano, muchos tienen un poco más de tiempo para compartir.

Podemos preguntarnos ¿Cuál es mi regalo al mundo?

Hablando de regalos les dejo uno que mi hija quiso compartirles, esta canción la aprendió en su escuela.

Copyright 2022 La danza de la vida, todos los derechos reservados. Voz : María Sofía Arenas Bustamante

Que tengan un increíble verano y que disfruten este ejercicio.

Por cierto, ya los extrañaba un montón.

Ainek