Quiero contarles que en el verano del 2021 tuve tiempos retadores. Hubieron días que los experimenté duros. La comunicación no fue sencilla. Por más que busqué la manera, no fue fácil coincidir con las necesidades de mi hija. Simplemente, ella deseaba jugar y estar cerca de mi.
Ahora las cosas se han movido y se han ido acomodando. Finalmente, menos, es más. Lo que más necesitamos todos, infantes y adultos, es atención plena y presencia. El mayor regalo y el mayor camino.
¿Qué haces cuando tus necesidades no coinciden con las del otro?
¿Qué haces cuando tus necesidades no coinciden con las de tus hijos?
Desde entonces he estado mirando, reflexionado acerca de las asincronías que se presentan.
No es que no necesite estar con mi hija. Jugar con ella es algo que, por supuesto, necesito. Además, lo disfruto enormemente. Solo en este momento también estoy necesitando y conquistando un espacio interno que no había podido tocar durante mucho tiempo. Cada vez que soy consciente de esto, navego por varios sentires.
Cada día el trabajo me demanda más tiempo, un trabajo que puedo hacer desde casa.
Y ella a su vez está cambiando. Sus gustos están siendo otros. La música que escucha y las respuestas que me da son diferentes. Estamos cambiando ambas, apropiándonos cada una de un espacio interior que necesita desprenderse.
¿Qué he hecho entonces?
Llevar a otro nivel el cuidado ¿Cómo es eso? En mis primeros meses de maternidad este fue un tema que me inspiró muchísimo.
Cuando leí este tema, palabras sencillas como: Mientras cambias el pañal, hazlo completamente atenta y delicada. Háblale a tu hija. Avísale qué harás. Comunícale lo que estás haciendo. Toda mi visión cambió.
Tacto, tan simple como el tacto.
Tacto al hablar, tacto al estar, tacto al escuchar, tantos niveles del tacto.
Un niño no necesita miles de juguetes, horas indefinidas de estar. Si no la presencia de tu ser completo.
Muchas veces a través del cuidado personal es el momento más intimo de conexión. Cambiar el pañal, bañar a tu bebé, darle de comer, amamantar.
Pero ahora que ya tiene 8 años. Se baña sola, se peina sola y se viste sola. Es un ser autónomo con respecto a su edad. Entonces, ¿Qué cuidados nos quedan por hacer juntas? ¡Hay muchos, por suerte! Por ejemplo, seguimos conservando la rutina de la noche, sigue siendo sagrada, es nuestro toque anímico.
También en este invierno hemos integrado en la rutina diaria hacer yoga juntas, esta siendo fascinante compartir este espacio.
¿Cómo podemos conjugar sus necesidades con las nuestras?
Finalmente caí en la cuenta de que: El autocuidado o tiempo personal no solamente se logra en silencio. También se puede alcanzar cuando en casa cada quien está concentrado en sus actividades. Además, es posible hacerlo haciendo una actividad simple e integradora con el otro.
Yoga juntas
Así que parece que estamos en un mejor momento, más adaptadas, descubriendo nuevas maneras de estar y encontrando naturalmente sincronías.
Las asincronías y diferencias suceden naturalmente ¿Te ha pasado? ¿Qué haces, entonces? Cuéntame.
Que todos encontremos herramientas que nos inspiren a conectar con lo mejor de nuestro ser. También, que nos inspiren a conectar con el ser del otro.
Mi hija tiene ahora ocho años, y es un nuevo mundo para mi. Y paradójicamente es como si estuviera entrando nuevamente a la etapa de los tres años. En esta etapa, se auto descubre como un ser independiente a mi. Su palabra favorita es no. En muchas ocasiones, llevar la contraria es su natural respuesta. Una forma de autoafirmarse.
Esto del limite es un tema muy profundo y extenso.
A los ocho años los niños están viviendo el mundo del sentir y de los valores. El mundo interno empieza a tener mucha fuerza en su crecimiento.
Es tan importante en esta etapa la lectura de fabulas sin contar la moraleja. Si no que ellos la descubran por si solos, la internalicen. Historias donde sucede una transformación genuina y honesta y, sobre todo un proceso. Ellos están pasando por una transición fuerte. En algunos niños se manifiesta más intensa que en otros, pero todos pasan por esto.
Acompañarlos, claro, pero también es muy importante que como cuidadores volteemos a vernos y preguntarnos cómo estamos: ¿Cómo estoy? ¿En cuál proceso me encuentro? Pues en estos tiempos, hay al menos tres a cuatro septenios de diferencia. La diferencia de edad entre nuestros hijos y nosotros es considerable. Las necesidades que ellos tienen son muy distintas a las nuestras. Así que buscar la manera de que coexistan en armonía y sobre todo sin hostilidad y apatía es fundamental. Procurar un interés genuino. Esto resulta un gran desafío y al mismo tiempo es medicina en sí misma.
Procurar un ambiente cálido en esta alquimia de crecimiento requiere de mucha franqueza, trabajo personal y conciencia.
A veces podría ser una bomba de tiempo o una combinación perfecta. Podría ser una obra de arte o un caos. Pero aquí, ellos esperan de nosotros. Somos los adultos, el cuidador, la contención, el candil. ¿Qué pasa cuando no somos conscientes de esto? ¿Y qué pasa cuando simplemente se olvida?
Por ello es tan valioso procurar la conciencia de nuestro estado anímico, mental, y por supuesto físico. Hacer pausas, tomar espacios, y ahondar en el sentir personal y observar a nuestros hijos. Reflexionar ¿De qué hablan? ¿Cuáles son sus temas favoritos? Escuchar y evitar un juicio inmediato de sus platicas.
Así que después de muchos noes, después de muchos tropiezos, te comparto algunas certezas que nos están apoyando en esta etapa (comienzo del famoso Rubicón):
La lectura, especialmente historias con las que puede ahondar en su sentir de una manera mas franca.
El arte, la creatividad
Una disciplina artística
Los oficios
También te dejo aquí el enlace de un libro. «La tierra como escuela» es de Roberto Crottogini. Este libro aborda con profundidad las necesidades de cada septenio.
Foto por Ronald
Se despliega una mariposa
Que alce su vuelo con soberanía y dignidad.
La calidez de una mirada libre de juicios la acompañe en este largo camino de autoconocimiento humano.
La vida es un asombro absoluto.
Un viaje digno de vivirse.
Ainek Bustamante
Siempre agradecida por su lectura y me encantaría me compartan libros para el segundo septenio, se los agradezco mucho.
Para poder llenar tu taza hay que vaciarla primero.
Proverbio chino
Hoy me desperté con la necesidad de vaciar. De hacer espacio. De ordenar por dentro y por fuera.
Había algo en mí que pedía movimiento. Como si también lo interno necesitara aire, silencio y un poco más de claridad.
Mientras comenzaba a mover papeles, recibos y juguetes, recordé una frase que había leído hacía poco: “El vino nuevo en odres vacíos”.
Y casi de inmediato volví a ese antiguo proverbio chino: para poder llenar la taza, primero hay que vaciarla.
Con esa sensación presente, seguí ordenando.
Mientras acomodaba las cosas, apareció también una avalancha de recuerdos y emociones. Casi cada objeto guarda una historia. Y por eso vaciar no es nunca un gesto simple.
Llevo años practicando este vaciar.
Sin embargo, este año ha sido distinto. Más tierno. Más consciente. Más lleno de aprendizaje.
Me he dado tiempo. He encontrado personas muy lindas. Hemos iniciado proyectos juntas. He colaborado, y también han colaborado conmigo. Este año ha sido generoso conmigo.
Y en ese movimiento entre vaciar y hacer espacio, me he encontrado con una gratitud profunda por todo lo que ya está lleno.
He aprendido a reconocer la completud.
También reconozco que las cosas se vacían solas. Limpiar está bien; recoger y ordenar también, pero ya lo he hecho mucho. Las cosas están como están. Las cosas cambian.
Y he comprendido, poco a poco, que gracias a esos espacios vacíos también ha podido entrar lo esencial.
El vacío se ha llenado de amigos y amigas queridas, de niños jugando por todos lados, de dibujos y de alimento anímico.
Así, el vacío y lo lleno siempre van de la mano.
Amigas y colegas, gracias Nelly, Nallely y Karina
Hoy comparto una pequeña lista de cierre por si alguien desea hacer la suya.
A veces ayuda detenerse y mirar: por meses, por etapas… aprendizajes, fortalezas, valores, preguntas.
Mi lista:
• Me quedo con lo bello de este año.
• He descubierto mucho de mí y del mundo.
• Siento gratitud por las palabras que recibí y por las frases que me acompañaron.
• Reconozco mis momentos de incertidumbre y la manera en que los atravesé.
• Valoro mi trabajo, cada encuentro y todo lo que mi camino me ha permitido compartir.
• Doy la bienvenida a lo nuevo. A las fuerzas del futuro.
• Agradezco las enseñanzas de las personas. Especialmente el volver a escucharme y seguir mi intuición.
• Siento gratitud por todo lo que llegó con este ciclo.
• Y lo cierro con agradecimiento.
Les deseo un feliz año nuevo, lleno de aquello que el corazón ya sabe que busca.
Que este nuevo año llegue con suavidad, verdad y presencia.
Hablar de limites desemboca en varios temas con los que se relaciona. Uno que es importante no perder de vista al aplicar los limites es la integridad y dignidad del niño. Es crucial resguardarlas.
Varias fuentes de crianza coinciden en este punto » el castigo rompe la conexión, lastima la voluntad y la autoestima». El niño se asusta. Entra en un estado de alerta. Esto detona el miedo y conecta con la sobrevivencia. En este estado, despierta la necesidad de huir o pelear. Se siente la necesidad de defenderse, lo que es un juego de poder. Así pierde la oportunidad de aprender de las razones.
¿Alguna vez te has asustado? ¿Qué sucede en ti?
Un niño se puede convertir en tirano cuando hay incoherencia y cuando no hay flexibilidad.
El castigo anula la acción (crimen, error). Lo convierte en un niño malo. Además, no entiende cuál es el crimen y lo repite. Con los castigos liberas de la responsabilidad al niño.
Una crianza permisiva: le hacemos todo al niño.
Una crianza autoritaria: es manipuladora verbalmente y físicamente.
La crianza dudosa: coquetea entre las dos. Un día es autoritaria y al otro día permisiva. El niño no sabe qué esperar. Esto es un factor de riesgo tremendo.
Cualquiera de estos puntos dificulta en el desarrollo de los sentimientos de responsabilidad. Se hacen inmunes a los castigos.
Pero así como en el día a día podemos cultivar desconexión con nuestras reacciones ante los sucesos. También podemos crear y cultivar conexión.
Te comparto algunas formas:
Así como el castigo desconecta, escuchar atentamente conecta.
Mirar y observar sin juicios conecta.
Descubrir al niño con la propia mirada conecta.
Y una llave de oro: jugar.
Cuando descubrí que «el juego nos conecta». Y, a su vez la conexión fortalece la estima y la identidad, fue un regalo. Ahora intento, hago un esfuerzo de jugar (a pesar del cansancio) cada día al menos un momento con mi María.
Desde hace un tiempo, para mí, jugar es abonar nutrientes a nuestra tierra interna. También es nutrir nuestra relación. Digo nuestra porque yo también recibo mucho al jugar con ella.
Para ser sincera, he tenido distintas etapas en la maternidad. En algunas épocas, jugar me sale natural. En otras, como lo es ahora, no me es tan sencillo.
Y a ti qué te sucede cuando escuchas la palabra jugar ¿A qué te remite? ¿Qué resuena en ti? Contento, apatía….
A mí me encanta jugar con mi hija juegos de mesa. Me gusta hacer una actividad, por ejemplo, pintar. Lo disfruto mucho. Me gusta leer con ella y para ella.
Cuéntame ¿Cómo te va con el juego?
Este tema está inspirado en una plática que tomé con una experta en el área de educación y crianza. La experta es Susana Sánchez Pinto. Su proyecto es: Amarte escuchando. Si quieres profundizar en este apasionante tema, te invito a buscar el trabajo de ella, aquí: https://www.facebook.com/AmarteEscuchando
¡Cuantas posibilidades hay en el mundo para educar, maternar y ser!
Contando un cuentoHaciendo galletasPintando juntas
El aire cambia. La luz cambia. Los días parecen recogerse lentamente hacia el interior.
Y en medio de esta transición aparece también el agradecimiento.
Hoy es día de Acción de Gracias.
Siempre me ha conmovido este momento del año: agradecer antes de entrar al invierno. Como quien enciende una pequeña llama antes de atravesar el frío.
Cada quien recibe esta temporada de manera distinta.
El frío para algunos. Las vacaciones para otros. La familia, el trabajo, los encuentros y también los silencios.
A su manera, la vida nos reúne nuevamente alrededor de lo esencial.
Con la llegada del invierno, no solo cambia el paisaje exterior.
También nuestra vida anímica parece comenzar a recogerse lentamente hacia adentro.
Quizá por eso, desde tiempos antiguos, distintos pueblos y tradiciones han buscado acompañar esta transición encendiendo fuegos, cantando, reuniéndose y agradeciendo.
Como si el ser humano supiera intuitivamente que, cuando la luz disminuye afuera, necesitamos aprender a cultivarla también en el interior.
Hay años en los que agradecer surge de manera sencilla y natural. Y otros en los que agradecer se vuelve una práctica más profunda, casi como ejercitar lentamente el músculo del corazón y también el de la lengua.
Porque incluso las palabras pueden aprender nuevos caminos.
Y aun en esos momentos en los que agradecer parece más difícil, algo cambia cuando hacemos el intento de mirar con gratitud.
Sea cual sea el momento en el que te encuentres, hoy quiero invitarte simplemente a agradecer.
Llevo ya ocho meses con esta aventura de escribir aquí y me siento profundamente agradecida por esta experiencia.
Hace un año, por estas mismas fechas, escribía sobre el invierno, la luz y los días que comienzan a recogerse hacia el interior. Hace unos días encontré esos textos nuevamente y sentí mucho cariño al releerlos.
Hoy, como quien aviva el fuego interior, doy gracias. Y también te doy las gracias a ti.
Entre esos escritos apareció también este pensamiento: una pequeña oda a la luz y a sus múltiples manifestaciones.
Hoy volvió a mí con mucha fuerza:
No importa que tan oscuro esté
No importa qué tan oscuro esté: una pequeña chispa de luz puede dar claridad alrededor.
Cuidar el fuego interior para que la luz permanezca.
Siempre me ha conmovido pensar en todos los pueblos y generaciones que, desde distintos tiempos y lugares, se han reunido alrededor del fuego.
Para calentarse. Para alumbrarse. Para rezar. Para acompañarse en la oscuridad.
En la tradición del temazcal, aquí en México, existe quien cuida el fuego y resguarda a las abuelas piedras, como las nombran los sabios de la tradición.
Alguna vez leí también que, en un lugar de África, conservan una antorcha encendida de generación en generación. Día y noche. El mismo fuego desde siempre y, al mismo tiempo, renovado con cada intención.
Pienso entonces que el fuego que enciende un ocote, una vela o un cirio guarda la misma esencia: luz, energía y calor.
Y al contemplarlo, es como si el tiempo se unificara en una misma llama.
Como si la misma luz hubiera acompañado a distintos pueblos, épocas y seres humanos a través del tiempo, manifestándose una y otra vez de distintas formas:
en el fuego, en las estrellas, en las piedras, en los minerales, en los sueños.
Y en estos últimos tiempos he practicado mirar más las estrellas, mientras canto:
Arriba brillan las estrellas, abajo brillamos nosotros.
Hay algo profundamente esperanzador en esa canción.
Como si recordara a los niños —y también a nosotros— que incluso en los momentos de mayor oscuridad seguimos habitados por luz.
Y entonces me pregunto:
¿Puedo ver lo sagrado? ¿Puedo percibir la profundidad de este tiempo?
La luz del sol parece más lejana de la Tierra en el hemisferio norte… y, sin embargo, más brillante en el interior.
La veo. La siento.
Las estrellas. La lluvia de estrellas. Las constelaciones.
Las piedras. Los cristales. Las rocas.
La belleza. Las sales. La tierra y sus minerales.
Canto a la vida. Canto a la niñez. Canto a la naturaleza.
Sueño que sueño. Sueño que despierto. Despierto cuando sueño.
Hay sueños tan lúcidos que parecen reales.
Hace poco mi hija me contó un sueño:
Un pájaro petirrojo posaba sobre la mano de un ser al que amamos profundamente. Todo se sentía tan real como cuando tú y yo nos hemos visto y platicado.
Los niños están profundamente conectados con lo sagrado.
Llevo una larga temporada escribiendo acerca de los límites. En esta ocasión, quiero tocar el tema desde el punto de vista de los hábitos y las rutinas.
Los hábitos y las rutinas son una herramienta que siempre me han sostenido. Especialmente durante procesos de cambio profundos, tanto familiares como individuales. A lo largo de la crianza y maternidad, adaptar y crear ritmos adecuados para mi hija ha sido un gran acierto.
Como bien sabemos, no hay fórmulas para maternar. Sin embargo, sí existen herramientas que pueden ayudarnos a atravesar las distintas etapas con más sostén y conciencia. Hoy quiero dar reconocimiento a la importancia de los hábitos.
Con el tiempo también he comprendido algo que me enseñó profundamente la pedagogía: los hábitos y las rutinas no solo organizan el día.
Van formando una capa.
Es como si fueran la piel del cuerpo etéreo, donde se gesta y resguarda la vitalidad.
Por eso, además de estructura, los ritmos cotidianos también aportan contención.
Observar los ciclos de la naturaleza nos puede develar la salud que provee llevar un ritmo adecuado día con día. La naturaleza es una fuente de inspiración profundamente sabia y observable.
En la primera infancia, llevar un ritmo constante con nuestros hijos es importante. Además de cubrir una necesidad básica, puede convertirse en un gran sostén para la vida familiar.
Crear un ritmo cíclico en la vida cotidiana aporta armonía y seguridad. Reflejar ritmos en el hacer diario contribuye a la armonía interior del niño y, por consecuencia, también a la armonía de la familia.
Claro está que cada hogar tiene sus propias necesidades, posibilidades y características.
Hoja de comisiones para la casa que mi hija creó, inspirada en una actividad de su escuela.
Les cuento, cuando mi María era recién nacida, la hora del baño era especial.
Poníamos música desde el momento de preparar el agua. Incluso elegimos una lista de música para acompañar ese instante. Teníamos varias razones para hacerlo: nos encanta la música y queríamos suavizar el momento. No siempre es sencillo para un recién nacido el proceso de llegar al agua. Los bebés atraviesan muchísimos cambios durante sus primeros meses de vida.
Pero, sobre todo, creo que aquello le ayudaba a anticipar lo que sucedería.
Anticiparle e irle platicando qué estábamos haciendo permitía que se relajara. Estoy segura de que su experiencia era sentirse parte de la historia. Quiero decir, a quien íbamos a bañar era a ella. ¿Cómo entonces no avisarle y explicarle lo que sucedería?
No hay momento más íntimo que los cuidados personales.
Acciones tan sencillas como cargar a un bebé, cambiarlo o acompañarlo durante el baño pueden dignificar profundamente el sentido del tacto y la presencia.
En el libro Hacia otro nivel de cuidado, Janet Lansbury comparte una reflexión que me marcó muchísimo. Ella plantea imaginar qué sentiríamos nosotros si dependiéramos completamente de alguien más para movernos, alimentarnos o ser cuidados. Seguramente esperaríamos que nos avisaran antes de tocarnos, levantarnos o intervenir nuestro cuerpo.
Un bebé, porque aún no pueda hablar o moverse por sí solo, no significa que no esté presente.
Y creo que ahí comienza una parte muy profunda del cuidado: reconocer al otro como un ser humano completo desde el inicio.
Con el tiempo también he comprendido que anticiparle a un niño lo que va a suceder le aporta participación activa. En muchos casos, incluso autonomía para su edad. También fortalece la confianza.
Y quizás, de alguna manera, una estructura amorosa también es parte de los límites.
¿De qué están hechos los límites?
Es una pregunta que me he hecho muchas veces a lo largo de la maternidad.
La palabra límite puede tener muchísimos significados. Durante años la relacioné principalmente con normas, restricciones o con decir qué se puede hacer y qué no.
Sin embargo, maternar ha ido transformando profundamente esa idea en mí.
Hoy siento que los límites también tienen que ver con el conocimiento.
Conocer al otro. Y conocerme a mí.
No solamente decir: —te lo dije, —ya ves, —sabía que esto iba a pasar.
Sino desarrollar una mirada más profunda sobre las verdaderas necesidades de ambos.
Con el tiempo he comprendido que muchas veces un límite también puede ser una forma de cuidado, de contención y de orientación interior.
Especialmente en la infancia, una estructura amorosa ayuda al niño a sentirse sostenido dentro del mundo.
También he descubierto que existen límites que compartimos todos los seres humanos: el descanso, el alimento, el sueño, el ritmo, la necesidad de calma, de contacto y de vitalidad.
Pero existen otros mucho más sutiles.
Límites que solo aparecen a través del autoconocimiento.
Esos que aprendemos a percibir poco a poco observándonos, agotándonos, escuchándonos y atravesando experiencias.
Porque muchas veces el cansancio, la irritación o el desborde emocional son también expresiones de límites internos que no alcanzamos a percibir a tiempo.
Y quizás ahí comienza otra parte importante de la crianza: comprender que maternar a nuestros hijos también implica aprender a conocernos y cuidarnos a nosotros mismos.
Claro está que todo esto vive en constante metamorfosis. La maternidad cambia, los niños cambian y nosotros también.
Por eso creo que los límites no son algo rígido o completamente terminado.
Más bien se parecen a una construcción viva, que necesita observación, flexibilidad y mucha conciencia.
Y quizás por eso mismo lo cotidiano tiene tanta importancia.
Porque muchas veces son justamente los pequeños ritmos, hábitos y rituales diarios los que ayudan a sostener necesidades profundas que no siempre alcanzamos a percibir fácilmente.
Como en toda estructura, también hay límites de tiempo. Puede ser tan poético como lo desees. También puede ser tan práctico como lo necesites.
Algunas pautas que nos han ayudado en este camino:
Tener claro el motivo o la intención de la rutina, hábito o ritual que elegimos.
Por ejemplo, si decides no comer caramelos entre semana, quizás también sea importante preguntarte qué lugar tendrán entonces los postres o los pequeños gustos dentro de la vida familiar. A veces no se trata solamente de prohibir o permitir algo, sino de encontrar un equilibrio que verdaderamente puedan sostener.
Con el tiempo también he descubierto que lo que más les sirve a los niños es nuestra seguridad genuina, no algo superficial o impuesto desde afuera. Lo superficial fácilmente se rompe en ellos y también en nosotros.
Los horarios de comida pueden convertirse en un momento muy valioso para crear pequeños rituales familiares.
Te comparto uno que nos gusta mucho hacer en casa.
A la hora de comer damos las gracias. Después compartimos algo que nos gustó del día y también algo que deseamos o esperamos que suceda. Cada uno tiene su momento para hablar.
A mi María, cuando era pequeña, le encantaba dar gracias por las flores y por las abejas.
También he sentido que el descanso necesita un lugar importante dentro del ritmo familiar.
Escoger un horario de dormir tomando en cuenta la edad de nuestros hijos puede hacer una gran diferencia en la vitalidad de todos. Mientras más pequeños son, más horas de sueño necesitan.
Dentro de nuestra rutina de dormir implementamos pequeños rituales que con el tiempo se volvieron muy significativos.
A veces repetíamos un verso después del cuento. Otras veces recapitulábamos el día juntas, desde lo último que habíamos hecho hasta el inicio de la mañana.
Este ejercicio tan sencillo cultiva mucha seguridad interior. Incluso recordar situaciones difíciles y reconocer cómo logramos resolverlas puede conectar con la calma y la confianza.
En la primera infancia también descubrí algo muy bello: leer el mismo cuento durante varios días seguidos.
Muchos expertos recomiendan repetir el mismo cuento por dos o tres semanas. Y aunque al principio esto me sorprendió, después comprendí que la repetición también aporta contención y familiaridad. Los mismos niños suelen pedir el mismo cuento una y otra vez. Creo que, de alguna manera, las imágenes anímicas que viven dentro de los relatos fortalecen también la memoria, la seguridad interior y el sentido de pertenencia.
Anticipar lo que va a suceder ha sido otra herramienta profundamente valiosa para nosotras.
Desde cambiar un pañal, preparar el baño, anunciar la comida o comenzar la rutina de sueño.
Pequeños gestos cotidianos que ayudan al niño a habitar el mundo con más confianza.
Y junto con toda estructura, también he descubierto la importancia de la flexibilidad.
Darle espacio a la improvisación, al caos, al cansancio y a los cambios inesperados.
Escuchar.
Observar.
Darnos tiempo para jugar.
Integrar el error como parte de la vida y del aprendizaje.
Mirar verdaderamente al otro y descubrirlo con nuestra propia mirada.
Con el tiempo también he sentido algo muy sencillo y muy profundo:
muchas veces lo que les ayuda a ellos, también termina ayudándonos a nosotros.
Del libro que les menciono hoy les dejo el link. Esta lectura ha sido un verdadero tesoro para mí.
La recomiendo especialmente durante el embarazo, en los primeros años de crianza y, honestamente, en cualquier momento de la maternidad y la vida familiar.
En este tiempo lo he vuelto a leer y continúa recordándome algo muy sencillo y muy profundo: que es justamente en lo cotidiano donde podemos conectar verdaderamente con nuestros hijos.
Y quizás también es en lo cotidiano donde aparecen nuestros mayores desafíos.
En una comida. En el cansancio. En el momento de dormir. En el llanto. En la repetición. En el ritmo de cada día.
A veces pensamos que los grandes momentos son los que construyen el vínculo.
Pero muchas veces son los pequeños gestos repetidos amorosamente los que terminan sosteniendo la vida interior de una familia.
Y mientras más avanzo en este camino, más deseo que nuestro tejido social pueda volverse consciente y responsable con la infancia.
Que podamos mirar a los niños con más presencia, profundidad y humanidad.
Me encantará leerles.
¿Qué les ayuda a ustedes? ¿Qué rutinas o rituales viven en casa? ¿Qué ha sido lo más desafiante? ¿Qué pequeños momentos cotidianos sienten que sostienen a su familia?
Cuando yo era jovencita, mis estaciones favoritas eran la primavera y el verano.
En tanto que empecé a meditar y a conocer el mundo desde otra perspectiva interior, empecé a amar el otoño y el invierno. Ahora no se cual disfruto más. Creo que el otoño y el invierno están siendo mis predilectas, claro, aquí en México, pues no tengo otra experiencia de referencia.
Estuve un otoño en Europa, y fue muy frio para mi, no sé, tal vez vivir en un lugar más frio cambiase mi perspectiva.
El otoño ha llegado en este 2021. Tengo sensaciones encontradas, sentí que el verano fue demasiado largo y anhelaba el cambio de estación y ahora que ha llegado, sentí el tiempo muy rápido…
…Así que a mediados de septiembre la nostalgia se hizo presente al ver que un verano más se iba, ya que las transiciones me cuestan trabajo, y aunque el verano tuvo sus retos, también estuvo lleno de belleza y aprendizaje.
Como en mi introducción del blog, les cuento que estoy estudiando antroposofía, hay un libro que se llama «El ciclo anual como camino de iniciación….» de Sergej O. Prokofieff. Un libro que no he leído completo, solo extractos. Es un libro que introduce a la esencia espiritual del ciclo anual.
Coincide que en mi camino de meditación, celebrar un acontecimiento, es ocasión de celebrar tu ser interior. Para llevar a cabo una celebración se necesita tiempo, enfoque. Lograr un propósito, requiere voluntad, trabajo. Esa belleza que se puede vislumbrar, es gracias a ese trabajo en común.
Las transiciones, de cierta manera las he ido asumiendo desde una celebración, a veces ritualisticos, pero desde la vida de crianza, ha sido también de ritmo, de conexión con el mundo, con la naturaleza. Llevar el tiempo de una manera sin reloj, desde la observación y a la vez, marcado por fechas importantes ya sean de nuestro calendario o los cambios de la naturaleza.
Desde hace tres años me reúno para adviento con dos familias muy queridas por nosotras. Nos encanta prepararnos para la llegada de la navidad.
Luego a partir de la pandemia se tornó en algo que le hemos llamado las celebraciones del año, y hemos hecho un mini circulo entre nosotras en dónde celebramos los ritmos naturales del tiempo, y fechas de acontecimientos que consideramos importantes.
Empezó como algo muy sencillo, pero mi amiga Caro es repostera y literata, entonces, Ella, a hecho magia, ha unido la literatura con el pan y les cuenta un cuento, algunas actividades y sobre todo y lo mas bello para mi, es que ha logrado que nuestros hijos amen hacer pan, que ellos se relacionen con su hacer, su vinculo y el tiempo con una celebración, observación y creatividad.
El verano ha sido fenomenal, en una ocasión fuimos juntos al rio, y al principio del otoño, los niños hicieron un pan con forma de dragón e hicieron actividades de valentía con motivo de la celebración de San Micael y de la cosecha.
Crear un momento de cierta forma ritualista me ayuda a transitar los cambios del tiempo y de la vida, si hay algo doloroso lo transito con belleza y por fortuna acompañada con mi pequeño circulo de amigas.
Y aunque nos reunimos a celebrar con estas queridas amigas, nosotras no hemos dejado de hacer los propios en casa, unos más sencillos.
A mediados de septiembre, mi María y yo hicimos unas coronas de flores, y eso me ha dejado un buen recuerdo de este tiempo.
Hoy te quiero compartir una manera de hacer coronas, como me enseñó mi hijita, que a su vez ella aprendió en su escuela.
Tal vez a algunas de ustedes, esto les ayude, si su temperamento tiende a lo melancólico, estoy segura que les podrá ayudar a transitar los ritmos naturales haciendo algo que les conecte con la belleza que observan, que viene y se va, o tan solo les ayude a tener un momento presente con sus hijos.
Materiales:
Flores de temporada
Tamaño: pequeño o mediana
Hilo
Tijeras
Instrucciones:
Escoges una rama con flores y lo vas entrelazando una con otra, con el hilo le haces un nudo, y así consecutivamente, hasta llegar a un tamaño que consideres te quede en tu cabeza.
Entrelazas las dos puntas, las unes con hilo.
Listo para usar, para colgar.
Si tu hijo aun tiene sus manos pequeñas le puedes ayudar a hacer el nudo.
«Cuando creemos que ya pasamos una etapa, la vida nos recuerda que seguimos siendo una obra en construcción.»
El otro día pasó algo que me hizo volver a pensar en esto.
Ya sabes… a veces creemos que ciertas etapas ya quedaron atrás y, sin embargo, la vida encuentra maneras muy curiosas de recordarnos que seguimos cambiando.
En estos tiempos de tanta confusión, nadie quiere practicar una educación autoritaria. Tampoco quiere ir al otro lado de la balanza, donde no hay guía ni referencias claras de determinación. Y es justo ahí, entre ambos extremos, donde se abre un espacio: un intento de equilibrio.
He ahí donde empiezan la búsqueda, el cuestionamiento y la renovación.
Foto por Tina Nord Foto por Artem Beliaikin
Más joven, para mí la determinación sonaba fuerte, larga, inamovible. Con el tiempo ha sido una de mis mejores aliadas.
Es una sensación.
Determinas algo, pero eso no te determina por completo. Tampoco define una situación para siempre. Es más una sensación que una forma: una certeza y una conexión con mis convicciones.
Te has de preguntar: ¿se puede lograr un camino equilibrado en la crianza? O quizá: ¿qué me ha ayudado en estos tiempos de maternidad?
En la primera cita con el pediatra de mi hija, cuando ella tenía apenas un mes de nacida, llegué con muchas dudas y sobreinformación. Todo había surgido a raíz de ese primer mes de ser mamá, pero también de las visitas que tuve durante el puerperio.
En particular, recuerdo a queridas amigas que compartieron conmigo sus experiencias con mucha generosidad. Ya sabes, los humanos tendemos a dar nuestra opinión… y qué bueno que lo hacemos.
Algunos comentarios fueron:
«No acostumbres a tu bebé a dormir en brazos.» «No la acostumbres a dormir contigo.»
Aunque eran comentarios bien intencionados, algunos comenzaron a saturarme. Llegué a dudar de mi propia voz materna.
El mejor consejo vino de nuestro pediatra de ese entonces. Decidí guardarlo como un tesoro.
Me dijo:
«Sigue tu intuición, sabrás qué hacer.»
¡La intuición!
Cuando escuché esas palabras, algo tuvo sentido para mí. Ese día fueron bálsamo, silencio y paz. Un sinfín de alicientes que, hasta hoy, siguen siendo una gran herramienta.
La intuición es una linterna en estos tiempos desafiantes de crianza. Calla el ruido y la sobreinformación.
Sin embargo, me pregunté: ¿qué me ayuda a ser sensible a mi intuición y a escuchar mi propia voz?
Una herramienta que más adelante descubrí —y que me ha servido muchísimo— es aprender a conocer mis limitaciones. También me ha ayudado a no llegar al punto de estar exhausta ante una situación.
Cuando mi hija tenía tres años, surgieron nuevas dudas y cambios. Me encontré funcionando en modo reacción; las rutinas que llevábamos ya no nos estaban apoyando.
Intentando comprender esa etapa, tomé un taller precioso de crianza que una amiga impartió en ese entonces.
Conforme pasaron los días, aprendí algo muy valioso: reconocer mis límites es fundamental para el bienestar de ambas partes.
No llegar al punto de quedarme sin energía suficiente para funcionar.
De lo contrario, la irritación gana terreno.
Y esto también les sucede a los niños. Cuando están cansados y sin energía, la irritación muchas veces se vuelve su mejor respuesta.
Imagínate… es como querer avanzar en un coche con el tanque vacío: simplemente no avanza.
De la misma manera sucede con las emociones, tanto en niños como en adultos.
El cansancio extremo o las necesidades básicas no atendidas hacen que nuestras emociones se disparen. Esto ocurre cuando no existe un ritmo adecuado en el día.
Necesidades tan simples como dormir las horas suficientes, comer a tiempo o incluso ir al baño son fundamentales.
Cuando existe un ritmo más o menos estable, la observación comienza a afinarse. Y entonces la intuición puede estar más presente.
Tantas cosas suceden al mismo tiempo que no siempre es sencillo reconocer nuestros propios límites. Descubrirlos implica cuidar de nosotros mismos y, al mismo tiempo, cuidar de los niños.
Recuerdo un ejemplo muy concreto de cómo reajustamos nuestra rutina.
En realidad, no fue necesario cambiarlo todo. Bastó con comprender algo nuevo.
Considerando mis propios límites, entendí que mi María, a sus tres años, ya había desarrollado un sueño más maduro. Su patrón de descanso también comenzaba a ser más estable.
En ese entonces, alrededor de las ocho de la noche, yo ya estaba exhausta después de un día largo de trabajo profesional y crianza. Necesitaba urgentemente descansar.
Pero coincidía que justo antes de dormir era nuestro momento favorito para platicar. Nos gustaba recapitular el día y compartir pequeños momentos.
Así que comenzamos la rutina más temprano.
Desde las seis de la tarde iniciábamos el baño, después la cena, el lavado de dientes, el cuento y nuestra recapitulación.
A las ocho aproximadamente, mi María ya estaba dormida.
Y aunque parecen ajustes pequeños, trajeron muchos beneficios.
Yo podía descansar y sabía que tendría algunas horas para mí. Tener claro esto sobre mí misma me dio la determinación para sostenerlo, incluso con los contratiempos y las excepciones.
Porque claro que siempre hubo cambios. Y los sigue habiendo hasta el día de hoy.
De ahí el título de este escrito.
Nada es lineal.
Ni ella ni yo hemos dejado de cambiar.
Es cierto que cada maternidad es única y que no existen fórmulas para criar.
Sin embargo, a lo largo de este camino he encontrado herramientas, lecturas y pedagogías que han acompañado profundamente mi forma de maternar.
Montessori, Waldorf, Emmi Pikler y las propuestas de Magda Gerber me ayudaron a mirar la infancia con más sensibilidad y dignidad.
En distintos momentos encontré en ellas acompañamiento, preguntas, confrontación, respuestas y muchísimo amor hacia la infancia.
Y quizá por eso las nombro aquí: porque agradezco profundamente que esta información existe y se comparta.
Pienso en cuántas madres —como yo en algún momento— quizá aún no conocen estas miradas y podrían sentirse sostenidas por ellas.
Afortunadamente, cada vez existen más personas interesadas en el bienestar de la infancia y en la dignidad del niño.
Desde el ambiente familiar podemos colaborar a crear un tejido social más saludable.
Confiar en que la crianza aporta mucho.
Somos una obra en construcción.
La vida nos recuerda constantemente esta cualidad de no estar completamente hechos.
A lo largo de este camino también he encontrado lecturas que me han acompañado profundamente en mi manera de comprender la infancia y los procesos humanos.
Una de ellas ha sido Las etapas evolutivas del niño, de Bernard Lievegoed, médico y pedagogo antroposófico cuya mirada sostiene gran parte del pensamiento Waldorf.
Este libro llegó a mí en un momento importante y me ayudó a mirar el desarrollo infantil con más amplitud, sensibilidad y profundidad.
Y quizá, después de todo este recorrido, lo que queda en mí es algo sencillo:
Parece que estamos hechos de arcilla y que una voluntad interna, silenciosamente, nos va dando forma.
Quizá por eso criar también nos transforma.
La crianza consciente puede ayudar a gestar un mundo más humano.
Porque la crianza no pertenece solo al futuro. La crianza es presente.
Y quizá también sea el arte de re-educarnos.
Que la congruencia nos acerque, poco a poco, a una vida más plena y más libre de ataduras internas.
Deseo que estas reflexiones personales, de alguna manera, puedan acompañar a otras familias y ayudar a crear una comunidad de crianza más consciente.
Hace muchos años leí el libro "El abrazo que lleva al amor"de Laura Rincón Gallardo y en este libro la autora comparte un ejercicio muy sencillo y poderoso, se trata de lo siguiente:
«Cuando tu hijo este en un momento difícil, que no haya manera que escuche razones, puedes abrazarlo y decirle con una voz determinante que tiene una mamá fuerte que puede contenerlo«.
Este ejercicio me ha dado, nos ha dado tanto en la crianza. Cuando mi hija tenia entre dos a cuatro años, tuvimos varios episodios de emociones intensas y uno de los recursos que me inspiraron y apoyaron fue el abrazo. Así es, el abrazo que contiene.
Lo que le ayudaba a autorregularse era mi abrazo, acompañado de estas palabras:
«Tienes una mamá fuerte que te sostiene, que te contiene». Poco a poco como por arte de magia se calmaba, y esto lograba conectarnos con el momento presente, con nuestras emociones y con lo importante del momento.
En la primera infancia sobre todo antes de los cinco años los niños viven las emociones en todo su cuerpo, sea tristeza, enojo, etc. por ello muchas veces la expresan físicamente, haciendo rabietas como comúnmente se le conoce y por ello como cuidadores es importante estar siempre presente para acompañarles y que no se lastimen y apoyarles a autorregularse.
A sus nueve meses
Ahora cuando ella necesita un abrazo me lo pide. Esta simple acción nos sigue regulando.
En todos los libros que he leído de psicología, crianza, pedagogía e infancia coinciden en un mismo punto «los niños necesitan limites claros, contención».
Cuando te has sentido desbordada o desbordado ¿Qué es lo que necesitas en ese momento? ¿Necesitas palabras, regaños, castigos, saberte contenida, abrazada, arropado?
Los niños de igual manera necesitan algo simple, poderoso y verdadero. Para ampliar este tema quiero citar y suscribo a Evânia Aster Reichert (escritora y terapeuta psicocorporal de orientación rechiana):
«Es importante que los adultos busquen recursos formativos para comprender cada una de las etapas, pues el niño pequeño aun está increíblemente inacabado en diversos aspectos de su desarrollo. Muchas veces no comprende o no retiene lo que escucha, sencillamente porque las conexiones neuronales de su cerebro aún no están completamente formadas.
Es lamentable – y llega a veces ser cruel -castigar a un pequeño por olvidarse de algo o por hacer algo que los padres no quieren, acusándole de desobediencia o de incapacidad cognitiva o motora, cuando estas capacidades no están completamente formadas. Son varias las formas en que los castigos pueden afectar a su autoestima para el resto de su vida.» Infancia, la edad sagrada. P. 46-47
Cada vez que leo este libro y este pasaje, me mueve muchos sentimientos y puedo tener presente la vulnerabilidad de los niños y todo el camino que nos falta por recorrer como cuidadores.
Ser consiente de esto me ayuda a reivindicar mi mirada hacia los procesos de mi hija. Para mi ha sido fundamental un equilibrio entre informarme y la guía de mi corazón, entre buscar recursos y mi intuición, escuchar su voz y escuchar la mía. Entender sus procesos evolutivos y respetar los míos.
Te dejo aquí el link de los dos libros de los cuales te he estado hablando en este escrito que considero joyas para la crianza :
"El abrazo que lleva al amor" de Laura Rincón Gallardo
Me encantaría recibir sus reflexiones, saber que hacen en los momentos de dificultad y también si esto que les escribo les apoya en su maternidad, paternidad y crianza.
¿Qué tienen en común? ¿Son complementarios? ¿Cómo se relacionan?
Los limites y la autoestima pareciesen aislados, sin embargo desde mi experiencia y bajo la lupa de ciertas filosofías están relacionadas.
Cuando llegó mi perrito a casa, tenia un mes de nacido, lo destetaron a muy temprana edad de su camada.
Como la mayoría sabe los cachorros en los primeros tres meses aprenden con su mamá limites de convivencia. Hasta donde morder como juego, sin lastimar y al mismo tiempo a defenderse.
Mi perro Rumi
Esta imagen para mi es muy fuerte e importante, nosotros fuimos quienes le enseñamos a Rumi hasta donde morder.
La entrenadora nos dijo que la raza mini Schnauzer le es muy importante cuidar su infancia ya que su sistema nervioso es hipersensible y su carácter depende en un gran porcentaje de su relación social, si no esta equilibrada, podrían hacerse nerviosos y antisociales, así que nos dio varias recomendaciones, una de ellas: cuidar el sentido del tacto y del oído ya que son una raza cazadora, su oído escucha el doble o triple más alto que los demás perros.
Un ejercicio que fue necesario hacer los primeros dos meses aprox., ponía mi puño y el jugaba a morderlo, en cuanto me dolía yo lo quitaba y le hacia saber que me había lastimado. Hasta que aprendió a no morderme fuerte. Aprendió a interactuar y mediar su fuerza.
Pero, ¿no crees que para los seres humanos es igual de importante cuidar los sentidos, cuidar la infancia, y la conexión con su alrededor? ¿Cuidar sus vínculos más cercanos como lo son su mamá y papá? Es muy probable que coincidamos con un si.
Pero ¿Qué hace falta para que no perdamos de vista esto tan importante? ¿Cómo se genera este vinculo? ¿Cómo se nutre la conexión con nuestros hijos? ¿Desde dónde ofrecemos nuestro servicio?
Vuelve recurrente esta imagen «La conciencia del uno, la conciencia del otro y lo que esta en medio de los dos».Finalmente el limite empieza y se conoce en relación al otro.
He compartido esta historia como ejemplo de la necesidad de estar en contacto con la verdad al interactuar.
De esta manera, los niños se topan con el infinito cariño y limites de sus padres y madres, y al mismo tiempo, ellos aprenden sus limites, aprenden a sentirse cómodos con expresar su sentir, pensamientos y necesidades.
En nuestra temprana edad aprendemos por imitación. La autoestima y los limites son una brújula y termómetro de como andamos.
Esta reflexión me deja gratitud por tantos maestros en mi vida.
Gratitud por mi hija,
Gratitud por mi Rumi.
Gratitud por el circulo de crianza,
Gratitud por las distintas formas de maternar, incluyendo la propia,
Gratitud por despertar al autocuidado.
En medio el vacío, la pausa, la inspiración, la nada, ahí en donde justo se gesta la alquimia, la magia entre dar y recibir, en ese punto de suspenso. El agujero por asir, la palabra por gestar, en donde somos únicos y nuevos entre el pasado y el futuro, presentes plenamente.
Mientras caminaba
Maternidad, femineidad, crianza, un mundo de aciertos, de intuiciones, de experiencias paridas, muchas veces en comunidad y muchas otras en soledad.
¿Qué más riqueza?
La maternidad consciente, una constante renovación, día a día, que nos exige estar en el presente. Abundancia exuberante.
Mi deseo es que todas las mujeres del mundo aprendamos a cuidar de nosotras mismas y crecer en entornos más solidarios.