Ha llegado agosto. Estamos a la mitad del verano.
Este año, el amarillo se ha hecho muy presente en mis días. Me ha encantado mirar las flores amarillas que nacen en el campo. Recién cumplí años y flores amarillas me regalaron. El amarillo del sol y el dorado de la miel.
Tal vez por eso he pensado mucho en aquello que da vida, impulso y calor interior.
El tema que abordaré hoy es la inspiración.
¿Alguna vez te has preguntado qué es realmente la inspiración?
¿De dónde viene?
¿De qué material está hecha?
Este escrito ha necesitado reposo. Es un tema que lleva mucho tiempo resonando dentro de mí.
Desde hace siglos, la inspiración ha sido relacionada con la creatividad, el descubrimiento, el asombro y el impulso creador. Gracias a esta fuerza han surgido monumentos, edificios, poemas y cantos.
La palabra inspiración significa: “recibir el aliento”.
En muchas tradiciones antiguas, la inspiración estaba profundamente vinculada con lo divino. Los aspectos rituales ocupaban un lugar importante y el aliento era considerado una manifestación espiritual.
Por ejemplo, el oráculo de Delfos inhalaba vapores sagrados en una caverna dedicada a Apolo antes de pronunciar sus profecías. Otras sibilas también realizaban rituales semejantes antes de hablar.
En La Odisea aparece la idea de que los cantos del poeta eran puestos en su corazón por los dioses.
Dentro de esta visión antigua de la inspiración, Aristóteles planteaba que el poeta era transportado temporalmente hacia un mundo de verdad o comprensión divina. Esa experiencia interior era la que impulsaba la creación.
Se creía que las musas inspiraban el contenido de la obra. La inspiración vinculaba lo bello, lo bueno, la verdad y lo justo.
Y, al mismo tiempo, la etimología de inspirar siempre vuelve al aliento.
Todo parece regresar ahí:
Respirar.
Inhalar.
Pensar la inspiración desde este lugar transforma por completo algo tan cotidiano como respirar.
Por un lado, la respiración nos sostiene vitalmente. Sucede sin que tengamos que pensarla. Es señal de bienestar y salud. Pero, al mismo tiempo, inhalar y exhalar podrían convertirse en una oportunidad para cultivar inspiración en su sentido más profundo.
Entonces algo ordinario se vuelve sagrado.
A veces me pregunto:
¿Qué pasaría si recordáramos más seguido que el aliento también puede ser una puerta hacia la inspiración?
Tal vez experimentaríamos más destellos creativos en la vida cotidiana.
Ahora bien, en el libro Segundo septenio, Rudolf Steiner plantea la inspiración como una facultad superior de cognición. También la describe como una sustancia divina proveniente de una esfera espiritual.
Por un lado, la inspiración puede cultivarse. Por otro, es algo que nos es dado.
Esta paradoja —como tantas otras que sostienen la vida— me da certeza. Despierta preguntas y, sobre todo, alimenta mi curiosidad.
Más allá de las ideas filosóficas o espirituales, hay algo profundamente esperanzador en pensar la inspiración de esta manera.
Me emociona imaginar que esta facultad es accesible para todos.
Confío en que la inspiración es una capacidad cognitiva y creativa profundamente ligada a lo divino. Y, como me gusta lo místico, me gusta pensar que une la tierra con el cielo; que conecta lo intangible con lo tangible.
Es esa fuerza que aparece inesperadamente y nos da la energía necesaria para crear algo que parecía imposible.
Hay un verso que a mi hija y a mí nos gusta recitar antes de dormir:
Admirar lo bello
Acoger lo verdadero
Venerar lo noble
Decidir lo buenoConduce al hombre en la vida a metas,
en la acción a lo recto,
en el sentir a la paz,
en el pensar a la luz,
y enseña a confiar en el esplendor divino
en todo cuanto es
en el vasto universo
y en lo profundo del alma.— Rudolf Steiner
Acoger lo verdadero y venerar lo noble a través de la ética me parece fundamental, sin importar a qué nos dediquemos.
Cada vez siento más que la inspiración no pertenece únicamente al arte o a lo extraordinario.
También puede vivirse en la manera en que habitamos lo cotidiano.
No es necesario ser poeta, pintor, músico, sacerdotisa, matemática o astrónomo para cultivarla.
¿Pero cómo hacerlo?
Tal vez:
estar atentos,
hacer caso a aquello que aparece,
poner verdadera atención.
Uno de los ejercicios más importantes para preservarla es llevarla a la acción. Que no permanezca únicamente como una sensación hermosa o una buena idea que pronto se diluya en el olvido.
Por eso crear es importante.
Nombrarla.
Escribirla.
Dibujarla.
Convertirla en receta, celebración o canto.
La voluntad ayuda a que la inspiración tome forma.
Cuántos destellos de inspiración han llegado a mi vida y no les he hecho caso. Algunas veces parecían ideas lejanas o exuberantes y terminaron desapareciendo. Pero otras veces, una sola frase me ha sostenido durante días.
Tan solo recordarla me ayuda.
Y cuando logro manifestarla de alguna forma, siento que algo en mí se ordena y se expande.
En esta práctica de intentarlo, imagino un mundo con acciones más humanitarias y con una fragancia más noble.
Tal vez por eso distintas tradiciones han buscado formas de cultivar esa atención interior.
En el yoga antiguo existe una práctica contemplativa que consiste en observar un objeto con tanta atención que surja el asombro.
Aprendí este ejercicio estudiando yoga: la contemplación viva.
Mirar sin juicio hasta que aparezca una percepción auténtica.
Cuéntame:
¿Cuándo has sentido inspiración?
¿Qué haces con ella?
¿Cómo la reconoces?
¿Tienes algún ritual que te conecte con ella?
Me encantará leerte.
Gracias por tu compartir.
Abrazo cálido en este verano de 2021,
Ainek





















